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La vacuidad del congreso
Noticia publicada a
las 02:25 am 09/10/26
Por: Rolando Cordera Campos.
Si ayer, en el centro de cualquier propuesta progresista democrática estaba la llamada a civilizar la política, hoy, si no ha desaparecido del todo, está penosamente arrinconada en espera de mejores tiempos.
Los actores políticos, y en particular los partidos, parecen empeñados en reducir, hasta desaparecerla,
la discusión política nacional sobre la política, pero en realidad sobre todo lo que huela a ella. Al hacerlo, niegan abiertamente la democracia que los hizo parlamentarios, funcionarios del Estado, atentos zapadores de todo lo que suene a deliberación pública. Tal es la tragedia de estos tiempos que dejaron de ser promisorios para tornarse ominosos, más que nublados, sin perspectiva alguna.
Los legisladores, en su mayor parte, no parecen dispuestos a tomar nota ni de sus responsabilidades expresas ni del descrédito que en varios sectores de la sociedad se han ganado a pulso. Poco o nada parecen importarles los compromisos expresos de sus cargos, ni que se les vea como carentes de valor alguno para la democracia que los trajo hasta aquí.
La circunstancia se agrava si se considera la creciente complejidad de la vida pública y su gobierno, inevitablemente abiertos al influjo de los vertiginosos cambios que registra prácticamente todo el planeta. Vivimos así un diario y bochornoso espectáculo de degradación de las relaciones políticas y sociales, a la que parece corresponder un progresivo alejamiento de una población que no encuentra correspondencia alguna entre estos panoramas y su cotidiano bregar, la soberanía o la propia democracia. No hay tal correspondencia ni parece haberla en los pocos y angostos espacios abiertos a la organización política por aquella transición que se empeñó en vararse… antes de naufragar del todo.
La cruzada antidemocrática que nos fatiga encontró un momento trágico en el abandono del Congreso por parte de muchos diputados y senadores que estaban convocados a escuchar al secretario de Hacienda sobre el Presupuesto de Egresos de la Federación y sus planes para la conducción económica del año entrante. No brilló el bronx hilarante esta vez porque actores, autores y público cautivo hicieron mutis y silencio y faltaron a una obligación constitucional intransferible, obligatoria, como pocas según marca el código universal de la democracia representativa.
El bochorno se esparce y la vergüenza amenaza volverse pandemia del ánimo. Leamos alguna crónica a salvo: “El vacío que diputados de todas las bancadas hicieron en la comparecencia del secretario de Hacienda, Édgar Amador Zamora, provocó que Morena anunciara una reforma al reglamento de la Cámara y a la Ley Orgánica del Congreso para volver a aplicar un mecanismo de control de la permanencia en el pleno (…) Como estilan, los diputados pasaron lista y se salieron del salón de sesiones, incluidos los coordinadores de PAN, PRI, PT, MC y PVEM (…) ‘¿A quién le habla el secretario?’, preguntó el coordinador de Morena, Ricardo Monreal Ávila, en una entrevista para reclamar el desinterés de los diputados, incluidos los de su bancada. Y respondió: ‘¡A las curules vacías!’ Consideró incorrecto e incivilizado que la cámara cite a comparecer al pleno a servidores públicos y resulta que los diputados no atienden la información. ‘Es inadmisible’”. (Nota de Enrique Méndez y Fernando Camacho, La Jornada, 30/9/26).
La presencia del titular de Hacienda en San Lázaro conforma una de las claves del gobierno del Estado y de la sociedad. Es en el Congreso donde deben definirse las prioridades mediatas e inmediatas del país y precisarse la o las maneras de allegarse los fondos necesarios para mantener viva a la maquinaria de toda la coexistencia social. El que no ocurra tal, como ha venido pasando en nuestro país desde hace años, no impide calificar lo ocurrido como un muy grave desacato de los diputados respecto de sus deberes fundamentales.
Aparte de la majadera falta de respeto al secretario de Hacienda, lo que vivimos ese día y los que han seguido es el desmantelamiento de lo que nos quedaba de formas y fondo democráticos, como son los alojados en el Congreso de la Unión y en sus relaciones y vínculos con el resto de los poderes.
Vivimos un flagrante atentado contra el Estado desde el Estado mismo, la erosión cotidiana de lo que nos va quedando del entramado fundamental de toda existencia y coexistencia en libertad y con respeto a los demás. Se trató de una agresión artera de los partidos y sus legisladores contra la democracia y su Constitución. Un acercamiento a lo que puede ser la ruptura de nuestro orden primordial definido por la Constitución.