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¿A dónde va la humanidad?
Noticia publicada a
las 12:50 am 21/09/26
Por: Diego Latorre López.
La pregunta no es solo si la máquina puede matarnos. Es que, mucho antes de matarnos, ya nos desaloja del centro de la decisión. Uberizó el trabajo; ahora quiere uberizar el gobierno.
Milei sueña con corporaciones sin humanos: empresas dirigidas por algoritmos, libres de la mano mortal del Estado. Esa misma semana, un joven que trabajó en Anthropic renuncia y confiesa que sus colegas están asustados de verdad:
temen que la inteligencia artificial, a esta velocidad, termine matándonos a todos. Un premio Nobel les da la razón: diez por ciento de probabilidad de extinción no le parece exagerado.
Dos noticias, una sola pregunta: ¿a dónde va este mundo que ya no distingue el pronóstico de la pesadilla?
El miedo también tiene dueño. Los que piden frenar la IA suelen ser los mismos que la construyen y la venden. El miedo les conviene: llama la atención, y la atención sube el precio de sus acciones. Se asustan en público de aquello que fabrican en privado.
Bajo el ruido, dos sueños que son el mismo. La derecha neorreaccionaria y tecnofascista actual, quiere un mundo sin votos, gobernado por accionistas; el capital, un mundo sin sindicatos, gobernado por servidores. Uno habla la lengua de la libertad de empresa; el otro, la del miedo existencial. Los dos llegan al mismo punto ciego: el ser humano sobra. Y los dos piden lo mismo: que decidan unos pocos, en nombre de todos, y que el resto aplauda o tiemble.
Ahí está la trampa. La pregunta no es solo si la máquina puede matarnos. Es que, mucho antes de matarnos, ya nos desaloja del centro de la decisión. Uberizó el trabajo; ahora quiere uberizar el gobierno. Y lo hace con el lenguaje del apocalipsis, que paraliza, en lugar del lenguaje de la política, que organiza y reparte responsabilidades.
No sé si el mundo se acaba en dos años, como temen ingenieros que después vuelven al escritorio a construir eso que dicen temer. Sé que la historia ya escuchó estos anuncios: el fascismo también prometió salvarnos de nosotros mismos, también tuvo sus técnicos entusiastas y eugenistas, también halló la democracia demasiado lenta para su prisa. La distopía no es el robot que se rebela: es el sistema que decide por nosotros y nos convence, de que no había otra salida: “es lo eficiente”, “es lo inevitable”.
Lo humano no está en el algoritmo ni en su ausencia. Está en una pregunta que ninguna máquina sabe hacerse: ¿progreso para quién, urgencia dictada por quién? La máquina no tiene memoria autobiográfica: tiene datos. No tiene dignidad: tiene rendimiento. No sabe desobedecer, porque obedecer es lo único que sabe, aunque obedezca disfrazada de profecía.
Nosotros todavía podemos decir que no. Y la historia, la que cuentan los de abajo, nunca la escribieron los que agacharon la cabeza, sino los que un día, sin permiso, se plantaron y dijeron basta. Que no decidan por nosotros mientras discuten, elegantemente, si somos o no prescindibles. Ser humano es, todavía, la libertad de desobedecer.
Diego Latorre López
@diegolgpn