Claudia Guerrero Martinez
"ENTRE LO
UTOPICO Y LO VERDADERO"
Gilberto Nieto Aguilar
"LIBERTAD
Y EDUCACION"
Martin Quitano Martinez
"ENTRE
COLUMNAS"
Evaristo Morales Huertas
"VERACRUZ
EN LA MIRA"
Luis Hernandez Montalvo
"MAESTRO
Y ARTICULISTA"
Cesar Musalem Jop
"DESDE
LAS GALIAS"
Angeles Trigos
"AIDOS
Q DIKE"
La mujer es lo mas bello de la vida, cuidemos de ellas...
Amos del algoritmo: ¿fin del populismo?
Noticia publicada a
las 03:08 am 20/09/26
Por: Agustín Basave.
Mientras una mayoría no pueda satisfacer sus necesidades básicas y una minoría incinere cantidades descomunales de dinero en la hoguera de las vanidades habrá razones para la indignación.
El enojo que permea al mundo no comenzó ayer. Empezó a emerger hace unas tres o cuatro décadas, cuando los efectos de la globalización le dieron forma.
La riqueza y el poder se concentraron y la información y el saber se distribuyeron, es decir, una desigualdad más ancha y más visible hizo que las masas se indignaran ante los excesos de las élites. Reducir ese problema a la manifestación de un defecto humano, la envidia, es ignorar la realidad social. Mientras una mayoría no pueda satisfacer sus necesidades básicas y una minoría incinere cantidades descomunales de dinero en la hoguera de las vanidades habrá razones para la indignación.
Nadie puede negar que los representantes políticos y el gran capital se han ayuntado y que las masas se han quedado sin representación. De ese amasiato nació la crisis de la democracia representativa, que no es otra cosa que el abandono de los desposeídos. Y no se trata sólo de sociedades irritadas por injusticias económicas: en muchos países hay también un lamentable repudio a la inmigración, que es vista como amenaza identitaria, o al avance de la secularización y la diversidad cultural que desplaza valores religiosos tradicionales. Todos esos reclamos son fuente de la entronización del populismo, que trueca los gritos de exasperación social en votos a su favor. Por eso, porque recogen y exacerban el resentimiento y la venganza en aras de su ganancia electoral, los líderes populistas son intrínsecamente estridentes y verbalmente violentos. Los votantes enojados los eligen y ellos entienden que la polarización y la crispación son su seguro de permanencia.
Pero el elitismo no sólo es irritante por la prevalencia de sociedades desiguales. También lo es por la capacidad de algunos magnates de imponer decisiones que protegen sus intereses en detrimento del bien común, y mientras esto suceda el populismo navegará viento en popa. En este sentido, el surgimiento de una nueva élite, la más poderosa que ha existido, pone en jaque los esfuerzos para salvar el pluralismo democrático. Me refiero a los amos del algoritmo, los Tech Barons, quienes además de poseer las más grandes fortunas de la historia tienen la capacidad de controlar en preocupante medida el comportamiento de millones de personas. Por eso me parece otra manifestación de lo que yo llamo posracionalidad el hecho de que el movimiento antielitista que sostiene a Donald Trump, MAGA, tenga entre sus luminarias a Elon Musk y Peter Thiel, dos de sus exponentes más conspicuos.
Mientras Trump y los barones de la tecnología intercambian favores, sin embargo, un movimiento opuesto se está formando. El Partido Demócrata aloja y en alguna medida auspicia cada vez más candidaturas heterodoxas que ganan las primarias a rivales moderados y derrotan en las elecciones a contrincantes republicanos. Algunos de ellos se agrupan en el “socialismo democrático” de Alexandria Ocasio-Cortez, congresista, y Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, pero hay otros que si bien no se asumen socialistas sí comparten con ellos el rechazo a los Tech Barons. Ahí están varios candidatos, entre ellos Abdul El-Sayed, un médico propalestino que competirá en Michigan por un escaño en el Senado, y el más interesante de todos los treintañeros que ha irrumpido en la escena política, James Talarico, quien pretende convertirse en senador por Texas y acabar con la hegemonía republicana en ese estado.
Talarico es un fenómeno electoral. No solamente por su vertiginoso ascenso azul en una entidad roja sino también, y principalmente, por su narrativa. Se trata de un seminarista presbiteriano que predica el amor y la compasión. Biblia en ristre, critica a quienes usan a Jesucristo para justificar el repudio a los migrantes y la discriminación a la comunidad LGBT+. Sostiene que Jesús nos dejó dos mandamientos primordiales, amar a Dios y amar al prójimo, y que quienes esgrimen un discurso de odio no pueden considerarse cristianos. Descalifica así el populismo de derecha trumpiano, y lo hace enderezando la misma plataforma bíblica que el conservadurismo pretende monopolizar. Se opone a la desigualdad y señala a los billonarios como manipuladores de la clase media y de los pobres; pero su tono, sin duda firme, no es estridente y menos pendenciero. Sus banderas son la esperanza, la reconciliación, la armonía en la pluralidad. Si consuma la hazaña, su triunfo será una señal de que el enojo puede dar paso a las emociones positivas como motor de cambio sociopolítico.
“La contradicción es vieja pero las circunstancias son muy novedosas. Si bien desde el siglo pasado se sabe que liberalizar la economía dentro del autoritarismo mete presión al régimen, lo que está ocurriendo es otra cosa: hay una mayor liberalización económica que se ejecuta dentro de una solapada e ingeniosa cerrazón política, manifestada en la redistribución de una modalidad de conocimiento y la concentración de otro. Me explico. Hoy nos dan y nos quitan información; nos regalan un aluvión de datos y nos roban otros tantos. Abundan las noticias sobre el Big Brother posmoderno que la tecnología ha creado y que pone al usuario de la red en un estado de indefensión frente al espionaje de gobiernos en connivencia con empresas digitales. (...) Es decir, el ciudadano más informado y empoderado de la historia es también el más ignorante y vulnerable. El acceso irrestricto a una gigantesca cantidad de información contrasta con la captación y la restricción de la información privilegiada.
“¿Qué se puede hacer ante el engañoso empoderamiento de individuos y sociedades que también están siendo desempoderados? (…) El velo de ignorancia rawlsiano sigue siendo pertinente. Si somos legión quienes creemos que un mundo individualista e insolidario es tan indigno de habitarse como otro colectivista y antiliberal, debemos entender que para conjugar libertad y justicia es indispensable evitar que el poder se acumule y procurar que se reparta lo más que se pueda. (…) Hoy nos parece que sólo podemos ser libres dentro de una cárcel ideológica o que sólo podemos ser justos en un sueño atávico y paralizante. No es el Estado el enemigo de la libertad ni la propiedad la causante del sojuzgamiento. La raíz de los males del individuo y de la sociedad es el afán de dominio excesivo, y ni dominar a los demás ni excederse es inherente a un sistema económico u otro: es una tentación humana que se da con déspotas públicos o privados. El desafío es fragmentar y distribuir la capacidad de mandar sobre los demás y crear las condiciones para que sea inconveniente volver a concentrarla”.
Me pregunto si el deseo de acotar a los amos del algoritmo de ese nuevo liderazgo en Estados Unidos es un atisbo a la superación de la era de la ira. ¿Puede la animadversión simultánea al elitismo y al populismo transformarse en un aggiornamento de la democracia? ¿Puede ser su proyecto un remedio al remedio populista, que resultó peor que la enfermedad democrática? Ojalá.
Texto de opinión publicado en la edición 39 de la revista Proceso correspondiente a septiembre, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.