|
aunque a primera vista parezca lo contrario, pues se ve a muchísimas personas que viven convencidas de que sus creencias y opiniones son verdaderas y, a tal grado las consideran válidas que no están dispuestas siquiera a discutirlas. ¿Cómo puedo afirmar, entonces, que hoy la verdad no importa, cuando, también, hay muchísimos que invitan con ánimo tolerante a la convivencia pacífica de todas las verdades, de todas las diferentes narrativas?
Si tomamos como definición de "verdad" lo que decía Montaigne, tal vez se aclare porque, pese a las conductas mencionadas, el asunto de la verdad está desterrado de la vida práctica actual. La verdad, decía Montaigne es la saeta que da en el centro de la diana; y el error, la falsedad o la mentira son esas otras saetas que dan en cualquier parte. Si nos atenemos a esta definición de verdad: "la saeta acertada", es inevitable que se ofrezcan toda clase de pruebas, argumentos y razones para asegurarnos de que una saeta da, precisamente, en el centro y, por supuesto, también resulta absurdo que el resto de las saetas puedan ser verdaderas.
Conste que propongo esta vieja definición de la verdad, como dije, para la vida práctica. No la estoy proponiendo para la vida teórica. Hago esta aclaración porque la vida práctica y la teórica son órdenes muy distintos. En la vida teórica, al menos desde la Alegoría de la Caverna de Platón, se ha puesto en duda la realidad de lo que consideramos real: en esa alegoría hay unos prisioneros que desde que nacieron miran sombras proyectadas en el fondo de la caverna y, como nunca han visto otra cosa, creen que esas sombras no sólo son reales, sino que no hay más realidad que esa. Platón libera a uno de los prisioneros y lo hace salir de la caverna y, ya afuera, descubre la verdadera realidad iluminada por el Sol. Sin embargo, Platón, tras pensar y escribir esta alegoría de consecuencias inmensas para el escepticismo teórico no se abstuvo de cenar la noche en la que lo pensó y escribió: sombras o no, dio cuenta del vino y del pan con el que sació su sed y su hambre.
Otro ejemplo de la diferencia entre la vida teórica y la práctica nos lo ofrece Descartes en la segunda de sus Meditaciones metafísicas: ahí pone en duda la validez de los sentidos y la validez de la razón y, no contento con ello, muestra la falta de frontera entre el sueño y la vigilia… en pocas palabras: suspende el mundo. No hay más realidad que su yo pensante, todo lo demás puede ser una ilusión creada por su yo. Pese a lo extremo de su conclusión: suspender el mundo, Descartes tuvo la sensatez de inventarse una moral provisional, precisamente, para la vida práctica: el recuerdo fresco de lo que le había ocurrido a Giordano Bruno en la hoguera le hizo entender que había que andarse con mucho cuidado en ese "mundo suspendido", pues en ese mundo estaba la Santa Inquisición que no se andaba con cuentos. Y, por supuesto, también cenó la noche en la que teóricamente suspendió el mundo, y si algún carruaje se le hubiera atravesado en al camino, habría brincado para que no lo atropellara.
En la vida teórica, los filósofos, desde siempre, al desarrollar con lógica impecable sus planteamientos, han llegado a ideas que por mucho que la razón los lleva a suspender sus juicios, no por ello, colocan esas conclusiones como base de la vida práctica. Hoy, sin embargo, una idea parecida a las que he mencionado, sí se planta en la vida práctica. Me refiero a la conocidísima tesis de Nietzsche: "No hay hechos, sólo hay interpretaciones", que dicho sea de paso, Nietzsche jamás llevó a la vida práctica, pues cierta vez que escuchaba a un cochero dar de latigazos a un caballo en la calle, salió de su estudio para abrazar al caballo y gritar: "¡Ya no sigan golpeando a Wagner!". Lo cual da testimonio de que pese a confundir al caballo con Wagner, admitía que en la vida práctica sí hay hechos: los latigazos y el dolor de un ser vivo, sea Wagner o un caballo. Y sin embargo hoy, esa tesis nietzscheana de escepticismo ontológico que, insisto, no es nueva en la filosofía, ha sido colocada por mucha gente en la vida práctica.
El relativismo de la verdad que por exigencias del rigor es preciso en la vida teórica, hoy lo veo instalado en la vida práctica y está provocando una sarta de absurdos. Que no podamos tener la última palabra acerca de la naturaleza de la realidad no vuelve a todos los discursos igualmente válidos. Que la ciencia haya mostrado su historicidad no la pone al nivel de cualquier ocurrencia que se quiera inventar. Que toda razón sea un instrumento de poder, como explica Foucault, no puede hacer que en la vida práctica se renuncie a toda razón, y se fomente que como nada es real cualquier ilusión, cualquier deseo sean válidos. Una niña es una niña, por mucho que esa niña desee ser una mariposa.
Esta es la situación absurda en la que nos encontramos. No sé si a causa de los filósofos posmodernos o de cómo se han entendido sus planteamientos. Pero el caso es que hoy, la saeta certera de Montaigne se confunde con el deseo y se piensa: "Soy no lo que soy sino lo que deseo ser, y el mundo no es el mundo, sino la impresión que me hago de él". Este es el sentido de un concepto que lleva ya más de una década en boga: el concepto posverdad, según el cual la verdad no es ya la saeta que da en el blanco de lo real, sino cualquier cosa que mi voluntad desee.
A esta estridencia de voluntarismo se suman varios factores que agravan aún más la generalizada locura de nuestros días: están quienes desde la superación personal proclaman que cualquiera, con sólo desear lo suficiente, llega a ser lo que anhela; y quienes arman en la Web un pajar inagotable de opiniones, donde es imposible encontrar la verdad; y quienes por intereses políticos meten, mediante robots, las narrativas que les convienen; y quienes por diversión, deporte o simples ganas nihilistas de seguir rompiendo todo se dedican a publicar fake news. Y habría que añadir, por si lo anterior fuera poco, el uso y abuso de las pantallas que provocan la evasión hacia el mundo digital, lo que a su vez ha ocasionado, sobre todo en los jóvenes, la reducción de los periodos de atención, la imposibilidad de que puedan concentrarse leyendo un texto de tres páginas, como acaba de comprobarse a nivel mundial con la recientemente publicación de los resultados del examen PISA…
La vida práctica necesita de la verdad para ser posible. En la teoría se puede elucubrar cuanto se quiera, y se debe elucubrar cuanto se pueda, pues eso ha hecho posible el avance del conocimiento; pero en la práctica, en la vida práctica hay que aceptar la dureza e impenetrabilidad de las rocas y no creer que basta con desear para que el mundo desaparezca o se transforme a voluntad. Vivimos, nos guste o no, en un mundo real y no en uno mágico plagado de ilusiones.
X @oscardelaborbol
Fuente: Sin Embargo.
[Regresar a la página principal] |