|
aunque mi deseo oculto es que lo que podrían pensarse exclusivo termine siendo de lo más común y corriente.
Comenzaré con una afición que me ha acompañado desde la infancia: novelar la vida de la gente: cuando apenas conozco a una persona, se desarrolla en mí una película completa de lo que será su vida y, por supuesto, la primera vida que siempre me ha interesado novelar es la mía.
De la gran mayoría de aquellos con quienes me crucé tangencialmente no puedo saber si acerté o no en mis cálculos, pues, muy pronto les perdí la pista. Con quienes, en cambio, pude estar por un largo trayecto como testigo, sucede que me equivoqué de calle. Más del 99 por ciento de lo que supuse que sería su suerte, no ocurrió. Y en cuanto a mí, que me he sido permanentemente fiel, el porcentaje de mi yerro ronda el 90 por ciento. Aunque si me pongo exigente, enfocándome en los detalles, en la modalidad precisa, en la meta exacta de lo que esperaba alcanzar… casi puedo decir que erré de todas, todas.
Mi manía de novelar ha tenido una sola ventaja —si por ventaja se admite volverse un escritor—. Pero, a cambio, mi vida ha estado llena de aflicciones innecesarias y de temores que, en su momento, parecían ciertos, pues eran el producto de mis expectativas más racionales. Y, además, repleta de esperanzas que, por incumplidas, casi me amargan. Ante estas consecuencias, no puedo sino envidiar a los taoístas que comprenden la importancia exclusiva del presente y se entregan a disfrutarlo; meditan sobre la inteligencia propia del agua o del aire. Elementos sabios que en vez de quedarse atorados —como la piedra y yo— frente a un obstáculo, lo bordean y siguen adelante. ¡Como me habría gustado ser tan listo como el agua!
Pero no. Mi mentalidad analítica, mi proclividad a desarrollar lógicamente el curso de las pistas que tenía, esos indicios que articulaba de manera impecable con la razón armándome modelos consistentes, sumados a mi deseo de saber, de controlarlo todo, me han traído hasta aquí. Pasó lo que pasó. Y todas mis predicciones, buenas o malas, fueron un gasto inútil de energía, entusiasmo y tiempo.
Y aún sabiéndolo hoy, teniendo perfectamente clara la fatuidad de mi razón prospectiva, no puedo dejar de clavarme en el afán de desentrañar el futuro, pues sigo, como si la avalancha de mis equivocaciones no hubiera probado hasta el cansancio que preocuparme por el mañana no sólo es inútil, sino innecesariamente tortuoso.
La pregunta más perversa que uno puede hacerse es: ¿Qué va a pasar? ¿Qué va a pasar con las personas que uno quiere? Y, ¿qué, con uno mismo?
***
Otro asunto que a mí me ha interesado siempre es cómo llegué aquí. Me refiero a mi cotidiana experiencia de no saber en qué momento, de pronto, ya estoy en medio de algo: de una relación amorosa o harto de un trabajo donde todo me resulta demasiado familiar o, también, de golpe, encontrarme en medio del peligro. Puedo reconstruir con la memoria instante tras instante, pero eso no me explica la experiencia de estar siempre ya de lleno en esa determinada situación. Tal vez porque mi propia vida tampoco tuvo un radical comienzo, pues, en mi experiencia siento que desde siempre he estado aquí. Por supuesto que sé la fecha de mi nacimiento y comprendo que en algún instante preciso tuvo que haberse dado mi concepción; pero si me atengo a lo que, en efecto, me consta: cuando me di cuenta, ya llevaba mucho tiempo en este mundo; mi existencia ya me era completamente familiar: mi madre era ya mi madre, mi casa ya era mi casa, mi mano ya la sabía mía. No tengo la experiencia de mi tránsito del no haber sido al ser ya y, por ello, insisto, según lo que íntimamente experimento me siento aquí desde siempre. Y lo mismo me ocurre con los pleitos callejeros o domésticos: de pronto ya estoy metido, invadido enteramente por la ira. Siempre me percato de la situación cuando ya estoy incomprensiblemente dentro.
Hay una diferencia enorme entre lo que racionalmente entiendo: que todo tiene un punto de inflexión, que todo es resultado de un proceso; y lo que me muestra mi intuición. Es como si la frontera entre un estado y otro fuera un puente a través de la amnesia. Borges se ha referido a dos casos muy claros: el tránsito del estado de vigilia al estado de sueño, uno no se apercibe en qué momento está ya adentro del sueño; y también resulta muy evidente en el enamoramiento: ¿cuándo se pasa de la amistad o la atracción al otro lado? Y por ello puede decirse que cuando uno se pregunta: ¿estoy enamorado?, aunque todavía se duda, puesto que se hace la pregunta, ¿no será la duda la que indica que uno ya está completamente dentro?
Para mí, no sólo el sueño y el amor tienen unas puestas difusas, sino todos los estados en los que siempre me he encontrado. Cuando me encuentro, ya estoy enamorado en el centro. Para mi experiencia , de hecho, el presente es eterno.
****
Y para finalizar, lo que tal vez sea el más excéntrico de mis intereses: la Odisea de Homero. No sé cuántas veces la he leído; para mí, es una obra fundacional. No sólo mi único hijo se llama Ulises; también mi tesis de licenciatura en filosofía la dediqué al análisis del concepto de muerte en ese poema, sino que vuelvo a ella como si fuera mi propia Ítaca. En cada relectura, como es normal en cualquiera que relea un libro importante, descubro profundidades nuevas.
Sólo quisiera referirme a mi más reciente hallazgo: algo obvio en lo que no me había fijado, pues yo creía, como casi todo el mundo, que la Odisea termina donde termina: en el Canto XXIV: cuando Odiseo tira la espada con la que está matado a los itacenses, quienes, al descubrir la matanza de los pretendientes se rebelan contra Odiseo. El héroe tira la espada por mandato de Zeus quien, a través de Atenea, le ordena: "Detente, no prolongues la guerra que no perdona a nadie, no hagas que se irrite contra ti Zeus, el de la voz larga en ecos".
Ahí termina efectivamente el libro, pero no la historia de Odiseo, pues en el Canto XI, cuando va al Hades a entrevistarse con el adivino Tiresias, este le dice que luego de matar a los pretendientes de Penélope y recuperar su castillo, debe irse tierra adentro con un remo en la mano y, cuando recorra mucho, muchísimo territorio, tanto que llegue a un punto donde nadie haya visto nunca un remo, ni entienda para qué sirve, cuando llegue hasta ahí, clave el remo en el suelo y vuelva a Ítaca a vivir tranquilo una vida larga y buena.
Este es el final de la historia de Odiseo. Pero ¿qué significa? ¿Por qué después de tanta peripecia para volver a Ítaca y poner en orden su palacio y recuperar a su esposa tiene que irse tan lejos con un remo? Y, sobre todo, clavarlo ahí donde nadie entienda su significado. El remo es el símbolo del marinero. Odiseo es un marino. El mar ha sido el eje de su vida, a lo que se ha entregado siempre… ¿qué significa ir hasta un lugar donde nadie entienda el significado de aquello a lo que uno ha dedicado su vida? ¿Hasta dónde tendría que llegar yo para encontrarme con personas que no entendieran lo que ha sido el eje de mi vida: la literatura y la filosofía, representados tal vez por una pluma? Y, sobre todo, ¿para qué hacerlo?
Yo no he tenido que ir muy lejos para encontrarme con personas que no conozcan mi remo o que ni siquiera lo hayan visto. ¿Qué he aprendido de esta experiencia? Quizás la más grande enseñanza de la Odisea esté en esto: la propia vida solo importa a aquellos que, como yo saben del mar. Mi vida sólo tiene importancia entre los míos y para mí, y existen muchas otras formas de entregar la vida. La mía es sólo una más entre ellas.
X @oscardelaborbol
Para contratar conferencias, comunicarse al WhatsApp 55 3462 2619.
Fuente: Sin Embargo.
[Regresar a la página principal] |