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Tiene Tehuacán su propio Andy
Noticia publicada a
las 02:45 am 16/07/26
Por: Fernando Maldonado.
Otra vez el cargo, el presupuesto y la ignorancia. Confunden poder con impunidad. Gesto innoble, característico de novatos en le escena política.
Ha sido frecuente en distintos lugares. Tehuacán es cosa aparte. Y es que ya no se habla únicamente de malos resultados, sino de revancha y desquite.
Periodistas, activistas y ciudadanos han comenzado a denunciar presiones, hostigamiento en redes, amenazas, ataques coordinados y la activación de cuentas utilizadas para desacreditar a quien se atreve a cuestionar al poder.
La crítica incomoda, pero es necesaria para el equilibrio en todo ecosistema.
El problema es cuando en ciertas familias, aparentemente, también provoca alergia.
A escena vuelve Olga Romero, todavía dirigente estatal de Morena, a quien distintos medios han señalado por presuntamente recurrir a intermediarios para intentar frenar publicaciones incómodas.
Pero ahora el estilo parece heredarse.
Su hijo Armando, regidor de Educación, Juventud y Deporte en el gobierno municipal de Alejandro Barroso, ha decidido compensar la ausencia de resultados con una intensa actividad digital.
Responde llenó de autosuficiencia, hace burla, descalifica y confronta a ciudadanos, activistas y medios que cuestionan su desempeño.
Para trabajar, poco tiempo. Para pelear en redes, siempre disponible. Es el rostro de los ”Andys” López Beltrán locales, juniors de la 4T” sin talento ni méritos propios instalados en sus pequeños cotos de poder.
Lo preocupante no es que un funcionario responda con violencia digital.
Lo preocupante es que utilice su posición, su entorno político o posibles estructuras coordinadas para intimidar, desacreditar o tratar de silenciar a quienes ejercen su derecho a opinar en un estado en que se presume un clima de libertades ciudadanas.
Existen testimonios, evidencias y denuncias que, conforme avancen las vías correspondientes, deberán conocerse públicamente.
Y será entonces cuando la familia Romero tenga que explicar si su proyecto político consiste en gobernar o en perseguir a los críticos.
Porque la libertad de expresión no es una concesión del poder. No depende del humor de una dirigente, de la fragilidad de un regidor ni de la cantidad de cuentas falsas disponibles para buscar silenciar al otro.
La crítica no es un ataque personal. Es el costo mínimo de ocupar un cargo público.
Quien no soporta que le cuestionen, no está preparado para gobernar. Es una lección que se aprende en años de recorrido, no para improvisados ni inventos sexenales.
Quien responde con amenazas, burlas o presión, no está defendiendo su nombre: está exhibiendo su miedo a ser descubierto como un lego en la política. La carencia deja huella.
Y si Olga Romero y su familia creen que pueden intimidar a periodistas, activistas o ciudadanos para ocultar sus deficiencias, deberían entender algo antes de que sea demasiado tarde: el poder se acaba, los cargos pasan y las pruebas permanecen.
Podrán intentar callar voces.
Lo que no podrán callar será el escándalo cuando todo salga a la luz.