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era sinónimo de revolucionario. Yo mismo me sentía impelido por aquellos ánimos, y aunque nunca pasé de una moderada militancia en el comité de lucha de la Facultad de Filosofía y Letras, me entregué a la lectura de incontables textos marxistas y a todo lo relacionado con aquella revolución: El manifiesto programa 26 de Julio, La Historia me absolverá, la Segunda declaración de la Habana… y, por supuesto, las obras completas de Ernesto Che Guevara... Nunca simpaticé con el socialismo totalitario. Mis teóricos favoritos eran los socialistas libertarios: Bakunin, Kropotkin, Reclus… Era un tiempo convulso, lleno de discusiones, de mítines y de lecturas que formaron mi ordenación moral del mundo: la justicia y la libertad por encima de todo. Quedé convencido de la importancia fundamental de lo que también en esos años se llamaba: "tener conciencia".
¿Qué era "tener conciencia”? Escapar de la ideología que nos hacía ver las estructuras sociales como si fueran naturales; que nos hacía admitir la existencia de ricos y pobres como si también fuera natural. Tener conciencia era usar el materialismo histórico para descubrir que en el mundo humano lo que hay no es natural, sino es una construcción que bien puede cambiarse. Tener conciencia era liberarse de la "falsa conciencia" que hace que uno crea que el rico es rico porque ha trabajado mucho y el pobre es pobre porque es flojo.
En aquellos años, también leí El segundo sexo de Simone de Beauvoir, entonces comprendí que la situación de subordinación en la que se encontraban las mujeres no era porque existiera una naturaleza femenina, ni algo así como "un eterno femenino", sino que las mujeres tienen exactamente las mismas posibilidades de realizarse que los varones y que, simplemente, se había construido una ideología y unas prácticas desventajosas para ellas. El esclarecedor ensayo de Simone de Beauvoir apunta en la misma dirección que el marxismo: no hay naturaleza, lo que hay es una ideología que nos fuerza a ver lo que simplemente es histórico, una hechura artificial: la falsa conciencia de que la situación de las mujeres fuera natural. Nuevamente lo importante era cobrar conciencia.
Esas lecturas fueron decisivas para mí. Equivalentes a lo que debió de haber experimentado un ciudadano francés en 1793, cuando la guillotina hizo rodar, en la Plaza de la Concordia, la cabeza de Luis XVI, mostrando que ese rey por derecho divino, un representante de Dios en la tierra, tenía la sangre roja igual que cualquiera.
Tener conciencia, difundirla entre todos se convirtió en la divisa de mi vida. Creí que tener conciencia era lo más importante que podría ocurrir, pues con esa conciencia el mundo cambiaría, mejoraría. Y no solamente lo creía yo, también lo creía el gobierno de aquel tiempo y de muchos años después. El poder consideraba peligrosísima la conciencia y, por ello, ha sido una práctica milenaria perseguir a los que difunden pensamientos subversivos, quemar libros, matar periodistas… La conciencia, se decía, causa "disolución social". En 1968 difundir esa conciencia figuraba como delito en el Código Penal mexicano. A esta importancia concedida a la conciencia se sumaban, además, los escritores de distopías del siglo XX: Huxley, Orwell, Bradbury: soma para que estén tranquilos en Un mundo feliz; el Ministerio de la Verdad y el pensar doble en la novela 1984; los bomberos incendiarios en Fahrenheit 451.
Que los demás cobren conciencia ha sido una meta central en los últimos tiempos. Aunque, recientemente, más bien se denomina "pensamiento crítico" y, bajo esta denominación se subrayan ciertos aspectos: la capacidad de cuestionar la realidad, la comprensión de la diversidad social y la promoción de la justicia y la equidad en las comunidades… De cualquier manera, para mí, estos énfasis no son sino el desglose de lo que, antes, menos pomposamente, se llamaba "tener conciencia". Me interesa preguntar. ¿Qué pasa hoy con quienes ya poseen esa conciencia? ¿Qué pasa con aquellos que ya no son presa de la falsa conciencia? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar una enseñanza más del marxismo: los modos de producción no se cancelan, coexisten; las formas de pensar, no se cancelan coexisten. Esto significa simplemente que aunque ya no estemos en el esclavismo, ni en el feudalismo, esas formas perduran en la práctica real: hoy todavía hay esclavos y hay caciques o reyezuelos de rancherías o de comarcas que imponen como ley sus arbitrariedades. Y significa también que no todos se encuentran en la vanguardia ideológica, pues muchos siguen pensando que los pobres son pobres porque quieren o que las mujeres no merecen, por el hecho de ser mujeres, los cargos que tienen.
¿Qué pasa, pues, hoy con quienes sí tienen conciencia? ¿Con aquellos que tienen perfectamente claro que su jefe, un completo inepto, gana el triple que ellos? ¿Qué pasa con quienes saben que trabajan para una empresa que destruye la ecología o que produce armas? ¿Qué pasa con quienes tienen conciencia de que la riqueza que se genera en la fábrica donde trabajan depende estrictamente de su trabajo y que el dueño es un junior que no sabe ni qué se produce? Lo ejemplos podrían extenderse indefinidamente… La pregunta es ¿qué pasa con los que sí tienen conciencia? No con quienes ignoran, sino con quienes entienden perfectamente lo que ocurre. Pues, por extraño que parezca: no pasa nada. Ya no piensan que esa situación sea natural, ya no están en una falsa conciencia: tienen clara conciencia y, sin embargo, no pasa nada.
La conciencia, que fue el gran detonante de los cambios en el siglo XIX y en el XX, hoy en el XXI es una conciencia inútil ante el generalizado sentimiento de impotencia. Sí, está mal, es injusto, pero no puedo hacer nada. Es lo que cada quien se dice, parpadea y continúa. La actual paradoja es tener conciencia y que esta no incite a la acción por saberse impotente.
¿Qué puede hacerse hoy? No tengo la menor idea. Sólo dejo constancia de que la conciencia ha perdido su anhelada eficacia. Hoy, prácticamente todos pueden decirlo todo. Los medios actuales lo permiten y, quizás por ello, unos mensajes ocultan a otros. El pensamiento subversivo ya no resulta peligroso, pues, en el todo de la información se vuelve menos que una aguja en un pajar.
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Fuente: Sin Embargo.
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