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y esto es posible cuando se tiene con qué compararla. El mundo me pareció por primera vez raro cuando leí en la infancia mi primera novela. Al ser atrapado por el mundo literario me sentí, literalmente, en otro lado. Era Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Para mí el clima de esa isla, la soledad industriosa del náufrago, el miedo a los visitantes antropófagos que realizaban un abominable ritual… hizo que me sintiera en otro mundo. Al cerrar el libro y volver al mío, recuerdo que me dije: qué maravilla que aquí no pasen esas cosas. Esa originaria experiencia sentó la base de lo que con el tiempo se volvería mi capacidad crítica, el poder comparar una realidad con otra y estar en condiciones de decidir cuál es peor y cuál mejor. Ya luego fui a la escuela, y ese nuevo contexto volvió a cimbrarme. He sido, como muchas personas, un viajero que ha vivido en incontables mundos.
Los viajes, las películas, pero sobre todo los libros, las novelas y los ensayos, fueron quitándome la certeza ingenua de que la situación en que vivía era natural: normal, lo que siempre ha sido y será, lo que no es posible cambiar. En pocas palabras, adquirí la conciencia de que la realidad en la que estaba: lo que pensaban las personas que conocía, las prácticas políticas y religiosas en las que estaba inmerso fueran las únicas. El mundo era, ciertamente, como le dice Hamlet a Horacio, más vasto y variado de lo que había soñado con mis creencias niñas. En suma, me formé un criterio, adopté unos valores, me persuadieron unas ideas y, sobre todo, como comencé a entrenar mi juicio, ajusté esos valores, perfilé mejor mis ideas y me convertí en un individuo.
Ya nunca más fui la sucursal de la ideología de mis padres, ni el espejo de mis contemporáneos, ni una caja en la que resonaba el eco de lo que se pensaba en mi entorno. Ni siquiera me he mantenido inmutable respecto de mí mismo.
En otras palabras, no me asusta el cambio por el cambio mismo, ni me parecen erróneas las ideas y las prácticas de los demás solo por ser diferentes de las mías. Y si en algunos casos me parecen equivocadas es por las razones precisas que me doy y por las consecuencias que deduzco. A lo único que tal vez me haya mantenido fiel es a la evidencia; aunque a veces también he descubierto que me apoyaba en seudo evidencias y, obviamente, me he visto forzado muchas veces a corregir lo que pienso.
No es, pues, una sensación de extrañeza impensada, la que me despierta el mundo de hoy. Siento que hace agua por todas partes, que se hunde, que desaparece una Forma de Ser Humano que he considerado valiosa más allá de fronteras geográficas y de coordenadas temporales. Y si digo que está desapareciendo una Forma de Ser Humano y lo escribo con mayúsculas es para subrayar el tamaño de su importancia.
Quisiera señalar unos cuantos de los múltiples elementos que he identificado para explicarme mi extrañeza: uno de ellos es la paulatina pérdida de la Objetividad, esa instancia que zanjaba las disputas apelando a la evidencia, y que lo hacía presentando razones. Hoy, la evidencia: los hechos han perdido su cualidad de ser la última instancia, pues parece que no hubiera hechos, sino solo interpretaciones: modelos distintos en los que los "hechos" se ajustan y significan diferentes cosas. Y, por su lado, la razón, la razón analítica en la que durante siglos se fundó la Cultura Occidental, hoy vive relativizada, en convivencia con otras formas de articular los planteamientos, formas en las que predomina el pensamiento mágico y la argumentación emocional.
Esta atmósfera relativista, en la que literalmente "todo se vale", ha dejado a la gente sin criterio: se ha cancelado la disyuntiva: algo no es bueno o malo, maravilloso o reprobable, simplemente es distinto. Esta actitud de aparente tolerancia es, en el fondo, literalmente, irresponsabilidad, es no hacerse cargo del otro, no responderle, no mostrar al otro que está mal. Hoy se dice, en lugar de "esto está mal", esto es distinto. Y cuando no se enjuicia, no se valora: todo vale lo mismo, precisamente porque uno se ha quedado sin criterio. El problema de esta postura es que en la realidad sí hay objetivas diferencias: lo que sí funciona y lo que no funciona: la realidad sí pone a cada uno en su sitio: los que están mal no sobreviven. El mundo no es medias tintas.
Y por el otro lado están, por supuesto, los encontronazos irracionales: la cerrazón de los antagónicos que se atrincheran en fortalezas emocionales y con quienes no hay manera de dialogar; personas para quienes el mundo es blanco o negro y, paradójicamente, en este caso, tampoco existe la disyuntiva, porque para cada grupo polarizado solo existe su partido. Al contrario no se le concede nada.
Ambos casos, en apariencia opuestos, son idénticos, pues carecen igualmente de criterio. Para el fanático todo lo suyo es válido, y para el "tolerante" a ultranza todo lo de todos es igual de válido. Estos dos enormes contingentes que componen la sociedad actual son una de las causas de mi extrañeza. Ambos me hacen añorar la objetividad. Siento nostalgia por un mundo donde importaba el entendimiento, el discernimiento.
Y para no agobiar a mis lectores, y a mí mismo, con este doloroso repaso, quisiera referirme solo a otro aspecto que caracteriza a nuestro tiempo: la desaparición de la autenticidad. Mucho se ha escrito sobre el tránsito del ser, al tener y al aparentar. Hoy, muy pocos son, la mayoría aparenta. Y esto no tiene que ver únicamente con el avatar acicalado con el que nos paseamos en el mundo de la virtualidad, ni con esa apariencia revestida de títulos y cargos que nada sostienen realmente de nosotros, pero que abultamos para que los demás crean que efectivamente somos, sino con el asunto de la autoría, o sea, con ese hacer por nosotros mismos en el que no solo producimos nuestra obra, sino que nos producimos a nosotros mismos. Para nuestra autenticidad, de nada nos sirve a nosotros mismos una obra, por muy buena que resulte, si al hacerla no se ha incrementado nuestra capacidad, ni nos hemos vuelto más hábiles, si nuestra mismidad no se ha ensanchado.
Y no solo la obra o los objetos que producimos, sino las decisiones que tomamos, las decisiones que tomamos por nosotros mismos, las que nos cuestan, las que exigen de nosotros poner en juego todo lo que sabemos y todo lo que hemos vivido para decidirnos por un camino o por otro, porque también estas decisiones nos construyen, sea que acertemos o fallemos. Atinarle o meter la pata no es lo importante, lo decisivo es ese esfuerzo de elaboración que antecede a la decisión.
La autenticidad tiene que ver con ser realmente el autor y el actor de nuestras obras y nuestras decisiones, y hoy, como lo que importa es aparentar: el resultado es el que cuenta: la obra bien hecha o la decisión acertada. La creación y la decisión se están delegando a la IA, a una instancia "mejor" que nosotros que es la que hace nuestras creaciones y toma nuestras decisiones… en este punto, siento la molestia de los usuarios frecuentes de la IA y a ellos quiero preguntarles: ¿De veras, hay creación cuando la máquina nos ofrece varias versiones mejores de las que habríamos podido hacer por nosotros mismos? ¿De veras, es elegir cuándo la máquina nos ofrece mejores opciones que las que nosotros podríamos encontrar? ¿Qué hago cuando la IA lo hizo, y qué elijo cuando la IA me ofrece ponderadas opciones que ni siquiera fui capaz de imaginar?
Siento extraño este mundo. El punto de inflexión se ha rebasado y no queda sino seguir. No vislumbro el modo de detener, ni individual ni socialmente, a la maquinaria económica que nos lleva a todos, nos guste o no, en una dirección que no augura ningún desenlace deseable. Es el crepúsculo del propósito y del sentido lo que me vuelve profundamente extraño este mundo. Lo siento raro. Comienzo a extrañar a los seres humanos.
PD
Al cabo de una hora de haber terminado esta reflexión, me asaltó una duda que quiero compartir con ustedes: ¿debo publicar hoy esta reflexión?, ¿o sería mejor hacerlo dentro de 10 años, en 2036…?
X @oscardelaborbol
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Fuente: Sin Embargo.
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