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Investigan a Norberto Rivera Carrera
Noticia publicada a
las 03:33 am 25/06/26
Por: Redacción.
El secreto mejor guardado de la Iglesia mexicana acaba de ver la luz. El Papa León XIV tiene en sus manos las pruebas que vinculan al exarzobispo Rivera, con el encubrimiento de crímenes imperdonables. ¿Podrá la fe sobrevivir a su propia verdad? El juicio final ha comenzado. Tras graves denuncias encubiertas por años,
el Papa León ordena una investigación contra el exarzobispo Norberto Rivera y el Vaticano Tiembla.
Era un amanecer gris en Roma, de esos en los que el cielo parece una mortaja de plomo que se niega a dejar pasar la luz. Robert Francis Prebost, ahora conocido por el mundo entero como el Papa León XIV, permanecía de pie frente a la ventana de sus aposentos en el palacio apostólico. Sus dedos, que habían acariciado la tierra seca de Chiclayo, los altares de madera vieja en el Perú, ahora sostenían el peso de un anillo de oro que se sentía como un grillete.
Había pasado menos de un año desde aquel 8 de mayo de 2025. cuando el humo blanco anunció su nombre y sin embargo sentía que había envejecido un siglo. El calendario sobre su escritorio marcaba el 31 de marzo de 2026. Un martes cualquiera para el mundo, pero un día de juicio para la memoria de una institución que él juró limpiar.
Sobre la madera de roble descansaba una carpeta de color púrpura, el color del luto y de la penitencia. Dentro el nombre de Norberto Rivera Carrera relucía con la frialdad de una sentencia. León XIV cerró los ojos y pudo oler el incienso rancio de las sacristías mexicanas. Durante más de dos décadas, Rivera no solo fue el arzobispo primado de la Ciudad de México, fue una muralla, un hombre cuya influencia política y económica tejía una red que ni siquiera el océano Atlántico podía disolver.
El Papa recordó sus propios años como misionero en el Perú en las décadas de 1980 y 1990. Mientras él trataba de entender la miseria de los barrios periféricos, Rivera consolidaba un imperio de silencio en el norte. El rumor no era nuevo, era un eco que rebotaba en las paredes de mármol de la curia desde hacía años.
Pero los rumores en el Vaticano son como el gas, invisibles hasta que alguien enciende una cerilla. Y León XIV estaba sosteniendo el fósforo. El primer bloque de la investigación se centraba en un fantasma que se negaba a descansar. El padre Nicolás Aguilar Rivera. León XIV pasó la mano por las hojas mecanografiadas, sintiendo el relieve de la tinta.
Las acusaciones de abusos contra menores en México y Estados Unidos eran un grito ahogado por transferencias de parroquia y documentos que desaparecían en el aire. Rivera, según las denuncias de las víctimas que ahora descansaban en el escritorio papal, habría tenido conocimiento de todo. Había permitido que el lobo siguiera cuidando a las ovejas, solo que en un redil diferente cada vez.
La fe no puede ser un escudo para la infamia. susurró el pontífice para sí mismo. Su voz sonó pequeña en la inmensidad de la sala, una habitación que parecía diseñada para recordar a quien la habitara, que él era apenas un suspiro en la historia de la eternidad. Su mente viajó hacia atrás, hacia aquel 2007, cuando una acción civil en los Estados Unidos intentó arrastrar a Rivera a los tribunales.
El caso fue archivado por falta de jurisdicción. No hubo condena, pero León XIV sabía por su formación en derecho canónico en la Universidad Santo Tomás de Aquino, que la ausencia de una sentencia civil no significaba la ausencia de pecado ni de delito ante Dios. Aquel detalle era el corazón de su agonía.