Claudia Guerrero Martinez
"ENTRE LO
UTOPICO Y LO VERDADERO"
Gilberto Nieto Aguilar
"LIBERTAD
Y EDUCACION"
Martin Quitano Martinez
"ENTRE
COLUMNAS"
Evaristo Morales Huertas
"VERACRUZ
EN LA MIRA"
Luis Hernandez Montalvo
"MAESTRO
Y ARTICULISTA"
Cesar Musalem Jop
"DESDE
LAS GALIAS"
Angeles Trigos
"AIDOS
Q DIKE"
La mujer es lo mas bello de la vida, cuidemos de ellas...
El qué dirán y su lado oscuro
Noticia publicada a
las 01:59 am 24/06/26
Por: Oscar de la Borbolla.
"La necesidad de pertenecer es más poderosa que una evidencia obvia".
Hay un asunto en apariencia insignificante y la mayoría de la gente cree estar libre de él. No obstante, si hacemos un examen de conciencia, descubriremos que ha sido la causa de las peores decisiones que hemos tomado en nuestras vidas. Me refiero al "qué dirán".
Cuando en la infancia salimos de nuestro mundo familiar a causa de la escuela o de cualquier otro motivo, y comenzamos a relacionarnos con los otros, "el qué dirán" comenzó a gobernarnos, pues esta fórmula es la manera como se expresa el más poderoso de nuestros sesgos cognitivos: la necesidad de pertenecer. Se sabe que en la especie humana los individuos que sobrevivieron fueron aquellos que el grupo aceptaba; los excluidos morían y, por ello, nuestro cerebro da más importancia a la aceptación social que a la verdad objetiva.
Quien demostró experimentalmente este sesgo fue el psicólogo Salomón Asch en 1951. Para comprender su hallazgo, partamos de un hecho muy simple: todos somos capaces de distinguir una recta grande de una recta chica: es algo que salta a la vista. En el experimento, había un grupo de actores contratados y un voluntario; se les mostraba una tarjeta con una línea de 5 centímetros, por decir algo, y tenían que elegir de una segunda tarjeta, que contenía tres líneas, cuál era la línea que coincidía en tamaño: las tres líneas median, nuevamente por decir algo, 3 cm, 5 cm y 8 cm. Al principio, los actores respondían bien igual que el voluntario, pero, luego de haber coincidido actores y voluntario en varios pares de tarjetas, los actores comenzaban a dar deliberadamente una respuesta incorrecta. El experimento, como se imaginará, fue repetido centenares de veces y el resultado fue escalofriante: el 37% de los voluntarios prefería errar con el grupo que acertar solos.
La necesidad de pertenecer es más poderosa que una evidencia obvia. Si este experimento lo trasladamos al mundo, es fácil comprender la presión del grupo y la subsiguiente sumisión del individuo. Los ejemplos abundan: la moda es muy obvia; pero quizás el ejemplo más claro sean los tatuajes que, precisamente, llevan ya un tiempo como moda. Lo primero es que duelen: los piquetes de una aguja sobre la piel no son agradables; lo segundo es la tinta, sobre todo la roja, que puede contener sustancias tóxicas para el cuerpo como el níquel y el plomo que no se quedan fijos bajo la piel, sino que viajan por todo el cuerpo y que en muchos casos terminan provocando desde dermatitis hasta linfomas (solo véase algún estudio al respecto, yo me asomé al de la Clínica Mayo).
Pero no solo es la moda; todo aquello que nos da la impresión de que en un punto se concentra la mayoría puede movernos hacia ella. Yo confieso que cuando viajo en carretera elijo el restorán donde hay más bola… El sesgo de pertenecer al grupo mayor explica también las fuertes sumas que se invierten en robots que multiplican una determinada orientación política en las redes sociales. Y la que es, quizás, la más dañina de las conductas, que muchos jóvenes adoptan para no ser expulsados y perseguidos en las escuelas, es ese sometimiento que los hace aceptar prácticas ignominiosas con tal de ser admitidos.
Uno cree que es libre, que elige de acuerdo con su propio criterio, pero si nuestro cerebro, por este sesgo, nos inclina hacia donde está la mayoría, ¿qué tan auténtica es nuestra libertad? ¿Esa facultad en la que confiamos y a la que atribuimos cada uno de los actos de nuestra vida?
El qué dirán no es solo el miedo de ser rechazado, sino una necesidad que nos impele a ceder y a conceder por temor a quedarnos aislados y morir. Ya luego podemos racionalizar cuanto queramos y justificar nuestros actos como si efectivamente hubieran sido elegidos por nosotros, pero valdría la pena revisarnos con cuidado.
¿Por qué elegimos lo que elegimos? ¿Profesión, matrimonio, formas de divertirnos?
Lo descubierto por Daniel Kaneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio constituye un instrumento clave no para reparar el pasado, pero sí para tomar las riendas de lo que nos falta.
No sé usted. Yo voy a dejar corta esta reflexión, pues quisiera dedicar el resto de la tarde a pensar en mi vida, y en las decisiones que he tomado con tal de mantenerme con los otros…
X @oscardelaborbol