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La quinta columna
Noticia publicada a
las 06:15 am 13/06/26
Por: Mario Alberto Mejía.
De pronto sentí un déjà vú.
Los mismos bueyes, las mismas vacas.
En lugar del Perro Bermúdez, el Perro Faitelson.
En lugar de José Ramón, el Piojo Herrera.
En lugar de Vicente Fernández, Alejandro Fernández.
En lugar de Salma Hayek, la mismísima Salma Hayek.
Y en lugar de una selección timorata (adicta al ‘ya merito’), una selección fallida que con trabajos hizo dos goles.
México S.A. no ha cambiado.
Nosotros los de entonces seguimos siendo los mismos.
El equipo verde tenía todo para golear.
Los sudafricanos jugaron a la defensiva.
Los mexicanos fallaron en los momentos culminantes.
Una metáfora, todo, de nuestra historia patria.
El Cura Hidalgo no nos abrazó a los seis años.
Tampoco Benito Juárez.
Sólo los Azcárraga se ocuparon de nosotros.
Somos huérfanos de goles porque no tuvimos una portería para practicar en ese mar sinuoso de la infancia.
Tuve un déjà vu.
Vi a mi tío borracho quedarse dormido frente al televisor mientras su esposa limpiaba un vómito verde pozole (guerrerense) bañado de algo que parecían tripitas en chiltepín.
¿Sería su hígado cirrótico?
(Ángel Fernández narraba el vigésimo fracaso de la selección mientras Fernando Marcos soltaba una especie de moco verde).
En 1970, fracasamos.
En 1986, volvimos a fracasar.
Hoy, ganándole a los Bafana Bafana, volvimos a caer en el desdoro.
Ya somos todo aquello que combatimos a los veinte años.
A esa edad, nos alejábamos del fracaso futbolístico con ánimo patrio.
Hoy, sin embargo, lo justificamos.
Jugamos mal, pero decimos que no tanto.
Le ganamos a un equipo débil, pero juramos que el portero era muy bueno.
Somos, ya, como Javier Aguirre en las ruedas de prensa:
Sonriendo forzadamente y justificando las mediocridades.
Nosotros los de entonces ya no somos los mismos.
Somos peores.
Infinitamente peores.