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El grado de inversión, en la mira
Noticia publicada a
las 02:24 am 08/06/26
Por: Darío Celis.
La decisión de Moody’s de ajustar a la baja la calificación soberana de México sin duda es una señal de advertencia que llega en un momento clave para la política económica del país. En ese contexto, la Asociación de Bancos de México (ABM) ha optado por un tono prudente, incluso sereno y no ve riesgo de pérdida del grado de inversión, pero sí reconoce que el mensaje es claro y exige respuesta.
El grado de inversión no es un simple distintivo técnico; es un ancla de confianza para los mercados, un filtro que determina el costo del financiamiento y la percepción de riesgo país. Que el gremio presidido por Emilio Romano descarte su pérdida implica que, pese a las presiones fiscales y la volatilidad global, el sistema financiero aún percibe fundamentos suficientemente sólidos. Sin embargo, minimizar el ajuste sería un error de cálculo.
La advertencia de Moody’s ocurre en un entorno donde las finanzas públicas enfrentan tensiones que van desde un déficit fiscal ampliado, mayores necesidades de gasto y una deuda que, aunque manejable, muestra una trayectoria que demanda disciplina. El recorte es un recordatorio de que la estabilidad no es un activo permanente, sino un equilibrio que debe sostenerse con decisiones consistentes.
En este escenario, la postura de la ABM cumple una doble función. Por un lado, busca evitar reacciones desproporcionadas que puedan traducirse en nerviosismo financiero. Por otro, coloca sobre la mesa la necesidad de ajustes en la política fiscal. No se trata de alarmismo, sino de responsabilidad. El margen de maniobra existe, pero no es ilimitado.
El reto para el Gobierno es fortalecer la credibilidad de su estrategia fiscal sin comprometer el crecimiento. Esto pasa por revisar la eficiencia del gasto, reforzar la recaudación sin sofocar la actividad económica y, sobre todo, ofrecer señales claras de sostenibilidad en el mediano plazo. La disciplina fiscal no es un fin en sí mismo, sino una condición para preservar la estabilidad.
En paralelo, la lectura del sistema bancario también muestra un elemento de confianza en la resiliencia de la economía mexicana. El crédito ha mostrado dinamismo, la banca mantiene niveles de capitalización sólidos y el consumo interno sigue siendo un motor relevante. Estos factores ayudan a explicar por qué, pese al ajuste de Moody’s, no se anticipa un deterioro abrupto en la percepción de riesgo.
Pero la confianza, en los mercados, es un recurso volátil. La advertencia está ahí y no admite lecturas complacientes. Más que preguntarse si México perderá el grado de inversión, la discusión debería centrarse en cómo evitar que ese escenario entre en la conversación. La diferencia entre una señal de alerta y una crisis radica, muchas veces, en la capacidad de respuesta.
Hoy, el mensaje está emitido. La reacción determinará si se queda como una nota marginal o si escala a un problema mayor.
LUIZ INÁCIO LULA da Silva, Presidente de Brasil, abrió una nueva línea de cooperación energética con México al anunciar la posible entrada de Petrobras al Golfo, un movimiento que, de concretarse, modificaría el mapa petrolero regional. Al mismo tiempo, la petrolera brasileña avanza en su propio frente interno con inversiones que superan los 560 millones de dólares en la Amazonía, enfocadas en ampliar producción y sostener el suministro energético. El plan incluye la perforación de nuevos pozos para compensar el desgaste natural de campos activos, un recordatorio de que la producción no se mantiene por inercia. La combinación de expansión internacional y refuerzo doméstico revela una estrategia de doble vía: asegurar reservas y ganar presencia. La logística, particularmente en zonas complejas como la selva, se vuelve parte clave del modelo operativo. El interés en el Golfo de México responde a la búsqueda de activos con alta capacidad productiva.