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Los comprendemos, sí, pero se nos escapa su verdadera magnitud. Esto lo sabía Arquímedes y, por eso, para volverlos más tangibles, hizo la primera analogía de un número grande con los granos de arena contenidos en una playa. Quien dude de su anumericidad intente responder a la pregunta: ¿cuántas gotas de agua caen durante una tormenta que dura 10 minutos?, y se dará cuenta de que no tiene la más remota idea, y lo mismo ocurre con el número de cabellos que tenemos en la cabeza o con las cifras que aparecen en el presupuesto anual del Estado… Sin embargo, como bien dijo el matemático John Allen Paulos —quien popularizó el concepto "anumérico”— los números no son adornos, sino poderosos elementos que contienen información.
Quizás quien mejor nos ha permitido dimensionar un número grande fue Carl Sagan, al transformar los 13 mil 800 millones de años que nos separan del Big Bang en un año convencional. De acuerdo con su Calendario Cósmico, el Big Bang ocurre en el primer instante del 1 de enero y el surgimiento del homo sapiens, en los últimos segundos del 31 de diciembre. Transcribo aquí unas cuantas fechas de ese maravilloso Calendario Cósmico: la Vía Láctea se forma durante el mes de mayo; el Sol y la Tierra, entre el 25 de agosto y el 1 de septiembre; la aparición de los dinosaurios sucede el 25 de diciembre; su extinción el 30 de diciembre, y la especie homo sapiens surge el 31 de diciembre en los últimos 10 o 15 segundos. Visto así, se comprende de golpe lo recientes que somos en el universo.
Acerquémonos a esos últimos segundos del calendario de Sagan, regresándolos a su duración real: la especie humana tiene aproximadamente 300 mil años. Son muchísimos años y, sin embargo, en este larguísimo periodo no nos ha ocurrido un cambio sustantivo como especie: ni siquiera ha desaparecido el apéndice que recuerda nuestra época de herbívoros. A lo sumo, actualmente, los huesos son sólo menos toscos y la mandíbula más afinada; nuestro cráneo se redondeó y el cerebro, al reacomodarse, se redujo; aunque, al adoptar la imagen que todos conocemos quedó mejor distribuido, facilitando de ese modo sus sinapsis. Casi podría decirse que desde el origen de nuestra especie no se ha presentado ningún cambio cualitativo, aunque sí ha habido cambios, lo que se conoce como anatomía moderna. Podríamos afirmar que si un bebé de hace 100 mil años naciera hoy sería indistinguible de los bebés que nacen ahora. La diferencia entre aquellos seres humanos primigenios y los actuales salta a la vista de una manera espectacular. ¿Qué es lo que ha cambiado en verdad de fondo?
Sé que, en homenaje a Carl Sagan, se han hecho muchos Calendarios de la historia de la humanidad; no obstante, intentaré elaborar otro para fijar en él las fechas que a mí más me interesa destacar, y para que podamos ver en perspectiva esos 300 mil años que lleva en este mundo nuestra especie.
Tomemos, pues, para hacer un Calendario Humano, esos 300 mil años y convirtámoslos en los 365 días de un año convencional. Según esta conversión, cada día del calendario comprendería 800 años, cada hora serían 34 años y cada minuto equivaldría a seis meses (obviamente estos números son aproximaciones redondeadas para que a todos nos resulten más fáciles).
El 1 de enero aparece el homo sapiens. Se sabe que no era la única especie de los homínidos; estaban también el homo erectus (del cual venimos), el homo neanderthalensis, el homo denisova y algún otro. Y un dato importantísimo: ya se tenía el dominio del fuego.
Hace 30 o 40 mil años que el homo sapiens se convirtió en la única especie de homínidos sobreviviente. Lo que significa, de acuerdo con nuestro Calendario, que los demás homínidos desaparecieron hacia mediados del mes de octubre, o sea que todo enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto y septiembre anduvimos nomadeando y dedicados a la cacería y a la recolección rivalizando con esas otras especies. Durante 270 mil años esos otros homínidos compartieron el mundo con el homo sapiens e incluso, se sabe, que nuestro ADN posee vestigios de neanderthal.
En noviembre, seguimos —ya sin la rivalidad con los neanderthales— nómadas y persiguiendo mamuts y defendiéndonos de los dientes de sable y recolectando frutos hasta el 19 de diciembre, fecha en que se descubren la agricultura y la ganadería. Lo que permite, por fin, volvernos sedentarios y que comiencen los grandes asentamientos humanos (este cambio, literalmente fundamental, ocurrió hace apenas 10 o 12 mil años).
Otra fecha importante es el 25 de diciembre, pues se inventó la escritura (el más decisivo de los tesoros humanos, a mi juicio; se calcula que ocurrió entre cinco mil 500 y cinco mil 200 años hacia el pasado). El 26 de diciembre aparecen tres obras importantísimas: El poema de Gilgamesh, el libro del Génesis y la Ilíada. El 27 de diciembre, con una diferencia de horas o minutos, nace la filosofía —y con ella un tipo particular de pensamiento: el que busca dar cuenta de lo real a partir de lo real, o sea, la episteme—; se publica la geometría de Euclides (300 a.C.) y con ella se establecen la estructura lógica y axiomática de la geometría y de las matemáticas modernas, y también, se presenta el primer experimento de democracia en Atenas.
En los últimos días de diciembre se agolpan los descubrimientos más espectaculares de los seres humanos. No los menciono porque son públicos y sabidos, aunque me gustaría destacar unos cuantos ocurridos en las últimas horas y segundos del 31 de diciembre: la teoría de la relatividad, la física cuántica, el desciframiento del genoma humano y en ultimísimo segundo la hoy famosa IA.
Vista nuestra especie a la luz de este rudimentario calendario, me resulta claro por qué, pese al altísimo grado de conocimientos y tecnologías con el que contamos actualmente, los seres humanos nos comportemos como lo hacemos: fueron meses y meses, que equivalen a milenios, en los que privó la ley del más fuerte, en los que nos movíamos atenazados por las necesidades y, estrictamente, movidos por emociones; y hace apenas unos días, unas horas, aparecieron la razón y los valores.
Qué lamentable que lo que nos hace propiamente seres humanos no esté contenido en nosotros como los instintos o las funciones orgánicas con las que sí llegamos al mundo; pues nacemos con lo mismo que nacíamos hace por lo menos 100 mil años y, hoy, algunos pocos controlan tecnologías poderosísimas que están aquí hace apenas una milésima de segundo.
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Fuente: Sin Embargo.
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