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es posiblemente el hombre que más daño le ha hecho a este país en toda su historia.
Su nombre: Joel Roberts Poinsett.
Nació el 2 de marzo de 1779 en Charleston, Carolina del Sur. Estudió en la Universidad de Edimburgo, dominaba varios idiomas, conocía el derecho, la estrategia militar y la diplomacia. Era, en pocas palabras, un arma intelectual al servicio del expansionismo estadounidense.
A principios del siglo XIX ya era considerado el estadounidense más enterado de los asuntos europeos y de las ambiciones expansionistas de Francia e Inglaterra. Por ello el presidente James Madison lo designó agente especial —espía— en América del Sur, entre 1810 y 1814, con el propósito de seducir a los rebeldes independentistas para que negociaran con los norteamericanos.
No era un diplomático. Era un operador. Un cazador de naciones débiles.
La misión: llegar a México y romperlo por dentro
Cuando México nació como nación independiente en 1821, bajo el Imperio de Agustín de Iturbide, Washington vio una oportunidad. Y mandó a su mejor hombre.
En septiembre de 1822, Poinsett viajó a México en misión secreta para conocer a fondo la situación política del país. Iturbide le había negado la entrada porque creía que la intención de Poinsett era establecer un gobierno republicano en México. Sin embargo, Antonio López de Santa Anna le permitió ingresar por Veracruz y le proporcionó una escolta para trasladarse a la capital. Solo traía un documento escrito: una "inocente" carta de alabanzas suscrita por Henry Clay para Iturbide. Sus instrucciones no escritas eran ensanchar por cualquier medio el territorio norteamericano a costa del mexicano.
Iturbide lo olió. Le cerró la puerta. Pero ya era tarde: el lobo había entrado al gallinero.
El "no" que lo cambió todo
Poinsett llegó con una propuesta concreta: vender los territorios del norte. Texas, Nuevo México, las Californias, Sonora, Coahuila, Nuevo León. Todo eso que hoy es el suroeste de Estados Unidos.
Fue enviado a negociar la adquisición de nuevos territorios para los Estados Unidos, incluyendo Texas, Nuevo México y la Alta California, así como partes de Baja California, Sonora, Coahuila y Nuevo León. Pero la oferta de compra fue rechazada por la Cancillería mexicana.
Iturbide dijo que no. Y ese "no" lo condenó.
Desde ese momento, Poinsett dejó de ser un negociador y se convirtió en un operador de derribo.
La masonería: el arma perfecta
Para destruir un Imperio desde adentro necesitas una red. Y Poinsett la tenía.
El rito escocés ya no le resultaba útil, por lo cual decidió fundar uno nuevo: el Rito de York. Pidió autorización al Gran Maestre de Filadelfia, Thomas Kittera, e instaló el nuevo rito en su propia casa el 29 de septiembre de 1825. Se adhirió a él mucha gente inexperta pero ambiciosa que deseaba poder y dinero. Fueron miembros distinguidos de esta logia el yucateco Lorenzo de Zavala, el canónigo Ramos Arizpe, el Secretario de Hacienda Ignacio Esteva y el sacerdote José M. Alpuche.
Piénsalo bien: el secretario de Hacienda. Un canónigo de la Iglesia. Un sacerdote. Hombres en el corazón del poder mexicano, todos bajo la misma logia controlada desde Filadelfia.
Esta logia se identificaría con el partido liberal: Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria... y estaría en favor de la república y en contra de la monarquía y el Imperio.
No era ideología. Era geometría política. Poinsett diseñó el tablero y puso las piezas.
La caída de Iturbide: una traición orquestada
Los que juraron lealtad al Emperador fueron los primeros en darle la espalda. Aquellos que habían combatido junto a él, que le debían sus cargos, sus glorias y su posición, se convirtieron en sus verdugos.
Los historiadores coinciden en que la caída de Iturbide se debió a las intrigas de Poinsett junto con las logias masónicas, por haberse negado a las propuestas norteamericanas. Al caer el Imperio, la nación quedó en gran desorden político, se separó Centroamérica y otras provincias intentaban hacerlo también.
El Imperio que había unido a México en 1821 se fragmentó en meses. Y en su lugar, Poinsett instaló su proyecto:
Se integró un nuevo Congreso que aprobó el régimen republicano y federal, confirmado con la Constitución del 4 de octubre de 1824, donde se impuso el criterio del destacado miembro de la masonería, canónigo Miguel Ramos Arizpe, quien hizo el proyecto de Constitución y le puso al país el nombre de "Estados Unidos Mexicanos", imitando el modelo norteamericano.
No es casualidad el nombre. Era un mensaje. Era un espejo deformado puesto frente a México para que se viera como una copia de su vecino del norte.
La guerra civil que Poinsett sembró
Una vez instalado el rito yorkino como fuerza política, México no volvió a tener paz.
Las divisiones políticas entre yorkinos y escoceses llevaron a motines y pronunciamientos como el de La Acordada, el saqueo del Parián y la toma del Palacio Nacional, para poner en la presidencia al Gran Maestre yorkino Vicente Guerrero, con las consiguientes pérdidas humanas y materiales, todo alentado por el embajador americano y sus seguidores.
El presidente encontraba a su peor enemigo en su vicepresidente. El general veía al general de al lado como su rival. Cada elección se convertía en un campo de batalla. Cada gobierno nacía herido de muerte.
En el momento en que la seguridad de la nueva nación exigía la supresión de los odios y banderías de secta, vino a arrojarse la semilla que daría por fruto no transitorias disidencias, sino una constante guerra civil.
Eso no fue accidente histórico. Fue diseño.
La Leyenda Negra: destruir la hispanidad desde adentro
Para que los mexicanos aceptaran alejarse de España, de su herencia virreinal, de su propia civilización, primero había que hacerlos odiar esa herencia.
El embajador estadounidense promovió entre los mexicanos el odio hacia los españoles para poder expulsar a muchos de ellos, a fin de que el gobierno estadounidense pudiera negociar fácilmente la compra de Texas por 5 millones de dólares.
La Leyenda Negra —esa narrativa que pinta a España como una potencia de pura crueldad y oscuridad— no nació sola. Fue amplificada y usada como herramienta política. Los británicos, que nunca pudieron vencer a España en el mar, la habían iniciado. Pero en el siglo XIX fue Poinsett y sus redes quienes la sembraron dentro de México con un propósito concreto: separar a los mexicanos de su propia identidad hispánica para que no tuvieran raíces qué defender.
Un pueblo sin identidad es un pueblo sin escudo.
Texas, la guerra, el despojo: todo estaba planeado
No es casualidad. Nunca lo fue.
Poinsett no pudo comprar los territorios del norte mientras Iturbide gobernaba. Entonces derribó a Iturbide, instaló una república inestable, dividió a los mexicanos entre sí, colocó a sus hombres en los puestos clave y esperó.
Lorenzo de Zavala, el yorkino más fiel a Poinsett, terminó siendo vicepresidente de la República de Texas cuando se separó de México en 1836. Un mexicano. Traicionando a México. Desde adentro.
La guerra entre México y Estados Unidos de 1846-1848 no fue una sorpresa para Washington. Fue el cierre de un plan que llevaba décadas ejecutándose. El Tratado de Guadalupe Hidalgo le entregó a Estados Unidos más de la mitad del territorio mexicano: Texas, California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Colorado, Wyoming.
Todo lo que Poinsett había intentado comprar en 1825 por unos cuantos millones, lo tomaron con balas veintitrés años después.
¿Conspiración? No. Historia.
Suena a teoría conspirativa porque nadie la cuenta. Pero los documentos existen. Los historiadores lo han documentado. El Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM publicó una colección documental completa que establece claramente los propósitos y anhelos de los Estados Unidos para la apenas alumbrada nación mexicana, incluyendo la actuación de Poinsett y su papel en el debilitamiento de las instituciones mexicanas.
Este no es un relato de víctimas. Es un relato de lo que pasa cuando una nación no conoce su propia historia, cuando no sabe quiénes fueron sus enemigos reales, cuando confunde a sus traidores con sus héroes.
El legado más cruel de Poinsett
Irónicamente, fue Poinsett quien se llevó de Taxco la hermosa planta de la Flor de Nochebuena, que luego fue presentada comercialmente en 1829 con el nombre de "poinsettia".
Al hombre que desmembró México le pusieron el nombre a una flor mexicana. Y esa flor adorna cada Navidad los hogares del mundo entero. México le regaló su flor más bella. Y él le robó más de dos millones de kilómetros cuadrados.
Conocer a Poinsett no es vivir en el pasado. Es entender por qué México es lo que es hoy. Y es decidir si vamos a seguir sin saberlo.
Se debe instaurar el imperio, pero antes de eso, fortalecer a México desde dentro, en silencio, con disciplina, con trabajo, con visión, estrategia, ambición radical de buscar la Gloria de Dios. “Gloria homo, Gloria Dei”
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