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Wallerstein y la decadencia de EU
Noticia publicada a
las 03:21 am 16/05/26
Por: Raúl Zibechi.
En los últimos años han proliferado los analistas que se autodenominan “geopolíticos”, dedicados a interpretar la realidad global y, de modo muy particular, las relaciones interestatales entre grandes y medianas potencias. Incluso en los movimientos de abajo, la tentación geopolítica está presente, llevando a algunos a tomar partido por China o Rusia,
aunque otros también han optado por Irán, sin detenerse en la defensa de los pueblos (no de los gobiernos) ante las agresiones imperiales.
Son muchos los analistas geopolíticos que no dejan de hablar sobre la decadencia de Estados Unidos, que aseguran es un proceso inevitable que culminaría en el corto plazo, incluso durante la guerra contra Irán. Las presidencias de Donald Trump parecen estar avivando esta tendencia, de modo que el corto plazo, el inmediatismo, impide ver el largo proceso de decadencia que no empezó ayer ni va a terminar mañana. Frente a este conjunto de opiniones, que en no pocas ocasiones sustituyen a los análisis rigurosos, Immanuel Wallerstein se erige como quien fue capaz de enarbolar la mirada de la larga duración, inspirado en uno de sus maestros, Fernand Braudel.
En más de una ocasión, el historiador francés dijo que los acontecimientos son polvo, y lo contrapuso al largo plazo (la larga duración) que, dijo, es la mirada de los sabios. Comentaré un puñado de los importantes aportes de Wallerstein, centrándome en dos trabajos: “Estados Unidos y el mundo: ayer, hoy y mañana”, de 1992, y “Paz, estabilidad y legitimación: 1990- 2025/2050”, de 1994.
El primer comentario es que quienes ahora hablan hasta el cansancio de la decadencia de Estados Unidos deberían saber que Wallerstein comenzó a analizarla ya en la década de 1970, y que en las dos décadas siguientes se empeñó en profundizar esta convicción. Si fue capaz de preverla con tanta anticipación, no fue por una cuestión ideológica, sino atendiendo a los ciclos históricos de nacimiento, madurez y decadencia de todas las hegemonías globales en los últimos cinco siglos. Esto lo llevó a asegurar que el periodo entre 1990 y 2025/2050 “será muy probablemente un periodo de poca paz, poca estabilidad y poca legitimación”.
En consecuencia, el sistema-mundo (otro de sus aportes conceptuales al pensamiento crítico) ingresará en un periodo de caos sistémico que provocará múltiples bifurcaciones, y se restablecerá el equilibrio cuando se imponga uno de los caminos y se llegue a un nuevo orden sistémico. Lo segundo que quiero destacar es que Wallerstein situaba el comienzo de la decadencia de Estados Unidos y del sistemamundo capitalista en la “revolución mundial de 1968”, un concepto que también acuñó y que tiene la gran virtud de colocar la causa del declive del imperio en las luchas de clases, de pueblos y de las diversas opresiones, y no en la competencia entre potencias, como suelen hacer los analistas geopolíticos actuales.
Ésta no es sólo una cuestión política, sino básicamente ética y de coherencia analítica, ya que suscribió la máxima de Marx sobre la centralidad de las luchas de clases en la historia de la humanidad. Cuestión que tomó muy en serio y atravesó su mirada del sistema, que no colapsará por las supuestas leyes económicas, las crisis de sobreproducción o los deseados límites ambientales y sociales, sino por la organización y la resistencia de las y los de abajo.
Lo tercero es que en la década de 1990 comprendió que las vanguardias ya no eran necesarias y que la unidad y la disposición vertical de las fuerzas emancipatorias serían una traba para los cambios necesarios. En efecto, en el primero de los textos citados argumentó que, a la larga, los movimientos “sirvieron más para sostener el sistema que para minarlo”. Sus análisis comprendieron el sistema como un todo, incluyendo la “geocultura” liberal nacida al calor de la revolución francesa, ese el conjunto de ideas, valores y normas culturales que sostienen el sistemamundo capitalista y que comenzaron a agrietarse en torno a la revolución de 1968.
Entre ellas destaca que la pirámide antisistémica que llamamos centralismo democrático estuvo en la base de la deriva capitalista de los movimientos emancipatorios. A comienzos de los 90 pudo prever guerras nucleares locales, cuestión que recién ahora entra en el debate, y “una nueva peste negra” que aún no avizorábamos en el horizonte. Trazó relaciones entre la proliferación de nuevas enfermedades, como el sida, y la descomposición de la estatalidad, en un análisis que apuntaba que no hay varias crisis, sino una sola con múltiples manifestaciones. Elijo, para terminar, uno de sus asertos más profundos.
Dijo que la cima del sistema se está ampliando y que puede surgir un sistema con amplia libertad para la mitad de arriba y mucha opresión para la mitad de abajo. Esto sería un sistema estable: “un país mitad libre y mitad esclavo”, pero que por su estabilidad puede durar mucho tiempo. ¿No es esto, acaso, lo que está construyendo el progresismo?