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Baudelaire
Noticia publicada a
las 02:09 am 23/04/26
Por: Redacción.
Antes del juicio, ya estaba todo dicho. Baudelaire había decidido que la poesía no podía seguir siendo un refugio limpio. En Les Fleurs du mal (1857) no hay naturaleza consoladora ni amor idealizado: hay deseo, hastío, ciudad, carne, caída. Hay una palabra que atraviesa todo el libro como un pulso oscuro: spleen.
“Cuando el cielo bajo y pesado, pesa como una tapa…” (Spleen)
No es una metáfora elegante. Es una presión física. Un mundo que aplasta. Baudelaire no escribe para describir, sino para transmutar. Él mismo lo formula en el poema que abre el libro, Au lecteur:
“—Hipócrita lector, mi semejante, mi hermano—”
No hay distancia entre poeta y lector. Hay complicidad.
Su operación es precisa: tomar lo rechazado —la prostitución, el tedio, el vicio, la enfermedad— y someterlo a una forma rigurosa, casi clásica. Versos medidos, imágenes exactas, música contenida. La violencia está en el contenido; la forma, en cambio, es un bisturí. De esa tensión nace algo nuevo: una belleza incómoda, casi culpable.
Baudelaire es uno de los primeros en entender la ciudad moderna como experiencia estética. El flâneur —esa figura que camina sin rumbo, observando— no es ocio: es método. En las calles de París encuentra su materia: multitudes, escaparates, humo, cuerpos. Lo efímero se vuelve central. Lo pasajero, digno de ser fijado.
“La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente…”
(El pintor de la vida moderna)
La poesía deja de mirar hacia lo eterno y empieza a mirar hacia lo que se pierde. El escándalo no fue un accidente. Fue la consecuencia.
El 7 de julio de 1857, Les Fleurs du mal es publicado. Un mes después, Baudelaire es llevado a juicio por “ofensa a la moral pública y a las buenas costumbres”. Se señalan poemas específicos: “Lesbos”, “Femmes damnées”, “Le Léthé”, entre otros.
El tribunal no discute técnica. Discute peligro. El veredicto: condena. Multa para el autor y el editor. Seis poemas prohibidos en Francia (no serán rehabilitados hasta 1949). Baudelaire no se retracta. Corrige, reordena, vuelve a publicar. La herida entra en el libro.
El libro está construido como una caída controlada. De la aspiración al abismo. En “L’Albatros”, el poeta se describe como un ave majestuosa en el aire… y torpe, ridícula, en la cubierta de un barco:
“Sus alas de gigante le impiden caminar.”
Ahí está la clave: la misma facultad que eleva, incapacita. En “Une charogne”, la escena es brutal: un cadáver en descomposición. Y sin embargo, el poema no se aparta. Mira. Describe. Insiste.
“Y el cielo contemplaba la espléndida carroña
como una flor abrirse.”
No hay ironía. Hay método: obligar a la mirada a no retirarse. Baudelaire vivió acosado por deudas, bajo tutela judicial, en tensión constante con su familia. Su relación con Jeanne Duval —actriz, musa, sombra— atraviesa buena parte de su obra. Enfermedades, viajes fallidos, proyectos inconclusos. Pero hay otra línea, menos visible y decisiva: su trabajo como crítico y traductor. Introduce a Edgar Allan Poe en Francia, reconociendo en él a un hermano estético: precisión, obsesión, descenso. No era un marginal por incapacidad. Era un desplazado consciente.
Después de Baudelaire, la poesía no pudo volver a ser inocente. Abrió una puerta: la de lo urbano, lo ambiguo, lo contradictorio. Sin él, no se entienden Rimbaud, Mallarmé, ni buena parte de la sensibilidad moderna. Pero su gesto más radical no está en el escándalo ni en el juicio. Está en haber demostrado que la belleza no es lo opuesto al mal, sino algo que puede nacer dentro de él.
Y que el lector —ese “hipócrita… hermano”— no sale indemne.
LETRAS MUNDIAL