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TEHUACÁN: DE HERENCIAS MALDITAS Y PODER
Noticia publicada a
las 01:22 am 20/04/26
Por: Arturo Luna Silva.
En Tehuacán, la justicia no llegó: irrumpió.
Y lo hizo con botas militares, con el estruendo de un operativo digno de la captura de un capo, no de una mujer de 85 años en silla de ruedas.
El pasado 9 de abril, fuerzas del Ejército, Marina, Guardia Nacional y agentes estatales desplegaron un aparato desproporcionado para detener a Estela Romero Bringas,
al notario Ramiro Rodríguez Maclub, e intentar capturar —sin éxito— a Efrén Tlapanco, directivo del grupo empresarial que durante décadas construyó una de las fortunas más importantes de la región.
Pero esta historia no empieza ahí.
Se remonta a 2009, cuando fallece doña Socorro Romero Sánchez, una de las empresarias más influyentes de Tehuacán. A partir de su muerte, emerge un testamento que reconoce como herederos a Miguel Ángel y Alfonso Celis Romero. Lo que pudo haber sido un litigio familiar ordinario, pronto se convirtió en una guerra de intereses.
Años después, un grupo de familiares encabezados por Olga Lucía Romero Garci-Crespo impugna ese testamento, alegando que fue falsificado con la complicidad del notario Ramiro Rodríguez Maclub. Se presenta entonces una denuncia por fraude.
Hasta ahí, un conflicto común en disputas patrimoniales.
Lo que no es común es lo que siguió.
Las denuncias presentadas en 2016, 2021 e incluso en 2023 no prosperaron. Se investigaron, sí, pero terminaron sobreseídas. El expediente parecía condenado al archivo muerto. Sin embargo, algo cambió.
El punto de inflexión no fue jurídico. Fue político.
Con la incursión de Olga Romero en la política como diputada de Morena, respaldada en su momento por el entonces gobernador Miguel Barbosa Huerta, el caso comenzó a moverse con una velocidad inusual. Lo que durante años no caminó, empezó a avanzar.
Y en 2026, de forma exprés, el expediente no solo revivió: explotó.
La carpeta fue atraída —curiosamente— por una fiscalía especializada que poco o nada tiene que ver con delitos patrimoniales. Se judicializó con rapidez quirúrgica. Se giraron órdenes de aprehensión. Se ejecutaron cateos. Se montó un operativo que generó más alarma social que certeza jurídica.
Y entonces surgen las preguntas incómodas.
¿Por qué ahora sí? ¿Qué cambió en la sustancia del caso para justificar una acción tan contundente, después de años de inacción?
¿Por qué la Fiscalía de Idamis Pastor Betancourt actuó con tal celeridad, contundencia y eficacia en un asunto que, durante casi una década, no tuvo rumbo?
Más aún: ¿qué intereses se están protegiendo realmente?
Porque el contexto es clave.
En paralelo a este conflicto, Miguel Ángel Celis Romero, conocido como “El Animal”, enfrenta otro proceso legal contra su propio sobrino. Hoy, detenido, ha sido notificado de una nueva orden de aprehensión por el mismo caso que involucra a su madre, Estela Romero.
Las piezas encajan de forma inquietante.
Un pleito familiar fracturado. Una fortuna estimada en cientos de millones de dólares. Una disputa por el control de empresas, propiedades y activos estratégicos.
Y, de pronto, la maquinaria del Estado interviniendo con una precisión que no mostró antes.
La pregunta ya no es si hay delito.
La pregunta es: ¿para quién trabaja la justicia?
Porque la actuación de la fiscalía no solo llama la atención por su eficacia repentina, sino por su dirección. La dureza, la rapidez y la selectividad generan una sospecha inevitable: ¿se está aplicando la ley o se está utilizando?
¿Estamos frente a una investigación que finalmente encontró sustento, o ante una oportunidad política y económica que alguien decidió capitalizar?
Hay quienes incluso se preguntan si este momento no fue aprovechado por la fiscal para insertarse en un conflicto millonario, en un escenario donde las fracturas internas abrieron la puerta a negociaciones, presiones o algo más.
Y entonces surge otra interrogante, aún más delicada:
¿El gobernador Alejandro Armenta Mier estaba enterado?
Porque si no lo estaba, estamos ante un nivel de autonomía —o descontrol— institucional preocupante. Y si sí lo estaba, entonces el mensaje político detrás del operativo cambia por completo.
Pero en medio de este tablero, el Poder Judicial ya movió ficha.
El pasado 15 de abril, un juez de control dictó la vinculación a proceso de los imputados y fijó un plazo de tres meses para la investigación complementaria. Además, impuso medidas cautelares: firma periódica —quincenal para el notario Ramiro Rodríguez Maclub y mensual para Estela Romero—, así como la entrega de pasaportes y documentación notarial.
No es un dato menor.
Porque en esa misma audiencia, la defensa de los imputados fue sancionada por alterar el orden público, en un episodio que dejó ver que la presión no solo está en los expedientes, sino también en las salas de audiencia.
Y es ahí donde empieza otro ángulo igual de delicado.
En los pasillos —esos que nunca aparecen en las versiones oficiales— se habla de presiones intensas desde el jueves previo a la audiencia. De abogados, gestores y operadores intentando negociar directamente con la cúpula del Poder Judicial. De ofrecimientos que, según versiones, alcanzaban “unos cuantos millones de pesos” a cambio de un carpetazo.
Si eso es cierto, el mensaje del juzgador fue claro:
No.
Hoy, el Poder Judicial parece mandar una señal distinta. Una señal de que, al menos en este caso, no está dispuesto a doblarse.
Pero esa fortaleza institucional tiene una condición: que la Fiscalía haga bien su trabajo.
Porque si en estos tres meses la carpeta de investigación se cae por deficiencias procesales, por errores técnicos o por una integración deficiente, entonces todo ese discurso de independencia judicial se vendrá abajo junto con el caso.
Y entonces el golpe será doble.
Para la Fiscalía, por haber actuado con prisa.
Para los actores políticos involucrados, por haber convertido un conflicto familiar en un escándalo público sin sustento sólido.
La magnitud del despliegue, el impacto social en Tehuacán y las implicaciones políticas del caso no son menores. No se trata solo de una detención: es un golpe que sacude estructuras económicas, familiares y partidistas.
Hoy, el caso Socorro Romero dejó de ser un asunto de herencias. Herencias malditas.
Es, en esencia, un termómetro del poder.
Y la duda que queda flotando —incómoda, persistente— es si este expediente se resolverá conforme a derecho…
O conforme a quien convenga.