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La ideología ya no alcanza para tapar la ineficiencia
Noticia publicada a
las 02:19 am 19/04/26
Por: Jorge Romero Herrera.
La semana pasada volvió a registrarse un incendio dentro del complejo. Y, como ya se volvió costumbre, la reacción oficial fue minimizar el hecho, diluir responsabilidades.
Al oficialismo en México ya le llegó el momento en que el discurso ya no le alcanza para sostener la realidad, aunque esa narrativa se construya con verdaderos profesionales de la mentira.
Eso es exactamente lo que hoy está pasando con la política energética del gobierno en general y, en particular, con la refinería de Dos Bocas.
La semana pasada volvió a registrarse un incendio dentro del complejo. Y, como ya se volvió costumbre, la reacción oficial fue minimizar el hecho, diluir responsabilidades y apostar a que la conversación pública migre a otro tema en unos pocos días. Pero no lo debemos permitir. No podemos normalizar que, en una instalación de este tamaño, con el nivel de inversión realizado y el presupuesto anual destinado, ocurran incidentes de manera recurrente.
Este ya no es un evento aislado. Es parte de una cadena. Venimos de semanas marcadas por accidentes, emisiones que primero se niegan y después se intentan explicar, e incluso eventos mucho más graves que han costado vidas humanas. A eso se suma el derrame de hidrocarburos en el Golfo de México, donde el gobierno fue cambiando su versión conforme aparecían evidencias.
Todo esto forma un patrón que ya no se puede ignorar. Y aquí hay que decirlo con todas sus letras: cuando los accidentes se repiten, ya no son accidentes. Son síntomas.
Dos Bocas fue presentada como el gran proyecto para alcanzar la autosuficiencia energética. Se nos prometió que iba a reducir la dependencia del extranjero, que permitiría producir más gasolina en México y que eso, eventualmente, se traduciría en precios más bajos para las familias. Hoy nada de eso está ocurriendo.
La refinería ha costado muchísimo más de lo que se anunció originalmente. Pasó de ser un proyecto de alrededor de 8 mil millones de dólares a uno que ronda los 20 mil millones. Y, a pesar de esa inversión histórica, sigue operando por debajo de su capacidad y sin lograr un funcionamiento estable.
Esto, por sí solo, ya sería motivo suficiente para exigir explicaciones. Pero el problema es más profundo.
Mientras Dos Bocas se ve todavía muy lejos de despegar, México sigue importando grandes cantidades de gasolina. Es decir, la famosa autosuficiencia energética sigue siendo más un discurso que una realidad. Y, para sostener los precios, el gobierno ha tenido que recurrir a subsidios que cuestan miles de millones de pesos.
¿Dónde quedó entonces la promesa de que la gasolina sería más barata? Hoy la respuesta oficial parece ser otra: si no te alcanza para un tipo de combustible, usa otro. Esa no es una política pública seria. Es trasladarle el problema al ciudadano.
Pero volvamos a Dos Bocas, porque ahí está uno de los puntos más delicados. Una refinería no es cualquier obra. Es una instalación altamente compleja que opera bajo condiciones de presión y temperatura extremas, donde cualquier falla en los sistemas de control puede derivar en incendios, explosiones o liberaciones de sustancias peligrosas.
Por eso, cuando se detectan emisiones anómalas, cuando hay evidencia de fallas en procesos o cuando ocurren incidentes repetidos, lo que se requiere es transparencia total y una revisión técnica profunda.
Lo que hemos visto es exactamente lo contrario.
Primero se niega, luego se minimiza y finalmente se ofrece una explicación incompleta. Así ha sido la constante. Y eso no solo genera desconfianza, sino que pone en riesgo a trabajadores, comunidades cercanas y al medio ambiente.
Además, hay otro elemento que no se puede dejar de lado: el costo de oportunidad. Cada peso que se ha invertido en Dos Bocas es dinero público. Es dinero que podría haberse destinado a salud, seguridad, infraestructura o educación. Por eso, la exigencia de resultados no es un capricho político; es una obligación ética.
Hoy, con los datos sobre la mesa, lo que vemos es una refinería que no ha cumplido con lo prometido, que ha implicado un sobrecosto enorme y que, además, está asociada a incidentes cada vez más preocupantes.
Y, mientras tanto, Pemex sigue enfrentando problemas estructurales: deuda elevada, presiones financieras, adeudos con proveedores y una producción que no logra repuntar. Es decir, no estamos frente a una empresa fortalecida, sino frente a una empresa sostenida con recursos públicos. Ese es el fondo del problema.
El gobierno apostó todo a una visión ideológica de la energía. Canceló espacios de participación, desmanteló contrapesos y concentró decisiones en un modelo que privilegia el control político sobre la eficiencia técnica. Hoy estamos viendo las consecuencias.
Y lo más preocupante es que no hay señales claras de corrección. Desde Acción Nacional lo hemos dicho con claridad: México necesita una política energética seria, basada en evidencia, con apertura regulada a la inversión, con rendición de cuentas y con instituciones fuertes. No se trata de privatizar ni de regresar al pasado; se trata de hacer que las cosas funcionen.
Porque, al final, esto no es un debate ideológico. Es un asunto de resultados. Y los resultados hoy son evidentes: más subsidios, más accidentes, más opacidad y una refinería que sigue sin cumplir lo que se prometió.
El incendio de la semana pasada no es una anécdota. Es una advertencia. O se corrige el rumbo con responsabilidad y transparencia, o vamos a seguir viendo cómo la realidad se impone, una y otra vez, sobre un discurso que ya no alcanza para sostenerla.
@JORGEROHE