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Memento mori te ancla: “Recuerda que morirás”
Noticia publicada a
las 02:47 am 18/04/26
Por: Alejandra Fonseca.
Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes.
Dicen que el griego Zenón de Citio (300 años AC) lo perdió todo en un naufragio: su riqueza y, sobre todo, la ilusión de control.
Ahí, en el barco, con un mar que no avisó, quiso salvar su alma y enraizó en su mente una convicción sospechosa: “La vida sigue un rumbo predecible: basta con hacer bien las cosas para que todo permanezca en su lugar.”
Pero el mar no tranza. Y el flujo de la vida, menos.
Cuando Zenón llegó a Atenas, ya no era el mismo. Caminaba entre columnas y mercados, entre voces y transacciones; escoltaba una espina enterrada en su interior que manoseaba con beligerancia: “¿Cómo vivir en la incertidumbre cuando ya entendiste que nada está asegurado?”
En medio de ese ensordecedor ruido, Zenón mutó: no intentó reconstruir el mundo afuera. Empezó a mirar hacia adentro.
En Atenas se detuvo en un pórtico —la Stoa Poikilé— y comenzó a hablar. No de teorías lejanas, ni de dioses caprichosos, sino de algo más urgente e inaplazable: cómo sostenerse cuando todo tiembla. Porque si no puedes controlar el mar, al menos puedes aprender a sostener el timón.
Así nació el estoicismo: no como idea elegante, sino como necesidad apremiante que buscaba algo simple pero arduo: La vida es incierta, necesitas aceptar su fragilidad y adquirir una nueva forma de vivir que te brinde estabilidad interior: Vivir bien, sin depender de lo que no puedes controlar.
El mundo también había cambiado; en el año 323 AC, con sólo 32 años, Alejandro Magno, rey de Macedonia, había muerto en Babilonia. Este hecho fue, sobre todo, el fin de un equilibrio: No dejó un sucesor claro; su imperio —uno de los más grandes de la historia que se extendía desde Gracia hasta la India—, se fragmentó rápidamente, y sus generales -los diádocos-, comenzaron a disputarse el poder.
Ese quiebre marcó el inicio de un mundo profundamente incierto, mismo contexto en el que surgió el estoicismo. La muerte de Alejandro Magno dejó una lección que los estoicos entendieron muy bien: incluso quien conquista el mundo, no puede conquistar el tiempo.
Años después -siglo 1 AC al 1 DC-, en Roma, con una cultura política intensa, inestable y violenta, apareció con gran fuerza el espíritu del Memento mori, con un brío más práctico y más notorio sobre todo en la tradición de las ceremonias de triunfos romanos.
Cuando los generales regresaban victoriosos de las batallas, desfilaban por las calles ante todo el pueblo, montados en un carruaje triunfal decorado con relieves que simbolizaban la victoria, tirado por cuatro majestuosos caballos. Con estruendosos aplausos y gritos, la gente les rendía homenaje para celebrar sus hazañas bélicas.
Pero alguien, un prisionero o un esclavo, vestido de manera tal que pasara desapercibido, de pie detrás del general victorioso, con gran discreción, le susurraba al oído, no como amenaza sino como ancla: “Memento mori”: Incluso en la gloria, eres mortal. El poder, la gloria y la vida… pasan…
Más tarde, Séneca, filósofo romano (4 AC-65 DC) y Marco Aurelio, (121-180 DC) Emperador del Gran Imperio Romano, retomaron ese espíritu para recordar la muerte, no con morbo sino como herramienta para vivir mejor:
Memento mori:
La muerte: es la medida, no el final.
Recuerda: el tiempo es limitado.
Distingue: lo esencial de lo trivial.
Vive: con intención y propósito, no por inercia.
Marco Aurelio sabía que quien olvida el fin de la vida, olvida su urgencia. Porque hay momentos —pequeños, silenciosos— en los que la verdad se cuela, y te hace entender, de un chispazo, que la muerte afina la vida al devolverla al presente: concreta, urgente, nuestra.
Porque cuando sabes que algo termina:
Abrazas más intenso
Escuchas más profundo
Eliges desde tu esencia.
alefonse@hotmail.com