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Elecciones, ¿para qué?
Noticia publicada a
las 02:41 am 09/04/26
Por: Ociel Mora.
Una disputa entre cabezas, no por el bien común, sino por el control de la hacienda
Las llamadas elecciones intermedias están en puerta. No de ahora, sino desde meses atrás. En la ciudad de Puebla, por ejemplo, la titular de la Secretaría de Bienestar, Laura Artemisa García Chávez, comenzó a promocionarse desde agosto del año pasado.
Los artilugios para adelantarse y burlar los lineamientos electorales son los de siempre: casas de gestión y reparto patrimonialista de nimiedades. No es un caso privativo de la ciudad, es un patrón general.
No se ofrecen programas ni se reconocen problemas endémicos —dolorosos— que exigen respuestas urgentes; se prometen, eso sí, dádivas. Cabe suponer que, en la lógica de los aspirantes adelantados, eso es lo que merecen los electores: quienes los encumbran en el gobierno, y ya arriba se vuelven contra ellos.
En paralelo, se omite y se desacredita la crítica fundada. La que aporta para la corrección y la mejora. Sin crítica no hay progreso ni estabilidad politica. Sin crítica los gobernantes pierden la poca o mucha legitimidad que les otorga la gente.
Siete meses después del affaire Artemisa, Morena anunció a nivel nacional su ruta rumbo a 2027. El escenario: un hotel fastuoso en la Ciudad de México. El hecho no pasó desapercibido tratándose de una organización que enarbola la austeridad como principio de gobierno.
No hubo grandes anuncios. Salvo la permanencia de la nominación centralizada de candidatos, matizada con la promesa de encuestas para definir al aspirante “más popular”. Pero en Morena la encuesta suele operar como coartada del dedazo centralizado.
La operación electoral del partido gobernante descansa en los llamados Comités de Defensa de la Cuarta Transformación y en quien resulte designado como coordinador. Esas figuras serán, en automático, las candidaturas a presidencias municipales o diputaciones, locales y federales. La excusa perfecta para hacer territorio —reuniones, acuerdos, amarres, promesas, muchas promesas— serán los comités.
El método de designación de coordinadores —la verdadera selección de candidatos— permanece opaco. Todo indica que seguirá la lógica conocida: centralización y discrecionalidad. La promesa de encuestas reaparece como recurso para sortear el reclamo de que no siempre se elige a los más aptos, ni a los más populares, ni a quienes acreditan mérito en su jurisdicción.
Así, los mejores perfiles no necesariamente serán quienes gocen de mayor confianza ciudadana ni quienes tengan capacidades probadas para enfrentar problemas estructurales.
En teoría, las elecciones sirven para nombrar representantes y equilibrar el poder. Votar implicaría decidir la orientación del gobierno y el tipo de sociedad que se desea. Ese es el mundo ideal (el mundo fetiche): la narrativa de la división de poderes como pacto entre quienes mandan y quienes obedecen.
Pero conviene no confundirse. Ese es el mundo de lo deseable. En la práctica, las elecciones suelen servir menos para transformar el statu quo que para administrarlo. El PRI gobernó siete décadas consecutivas. Morena, con otros códigos, reproduce varias de sus inercias. Aunque más salvajes.
Las excepciones son escasas. En México, acaso dos momentos: 1910, con Madero, y el 2000, con Fox. El ciclo abierto en 2018, que despertó expectativas amplias, ha derivado para muchos en un regreso a lógicas de concentración: partido dominante, gobierno patrimonialista, tensión con la sociedad civil y con el ejercicio de derechos.
No hay señales claras de cambio en el corto plazo, pese al cansancio, el desencanto y la sensación de estafa que asoman en distintos sectores. Puebla entra —o ya entró— en una disputa soterrada: al menos tres grupos políticos pelean a brazo partido el control del territorio electoral.
La estrategia es conocida: sembrar cuadros en posiciones clave para, llegado el 2030, contar con una estructura territorial aceitada y comprometida, con uno o con otro. Una disputa entre cabezas, no por el bien común, sino por el control de la hacienda.
¿Y los supremos mandantes, los ciudadanos? Reducidos, una vez más, a escenografía en la disputa por el poder.
Chayo News
Pareciera que nada le sale bien a este gobierno. Urge que se dé una vuelta por Catemaco, que suba a la cima del Mono Blanco y se haga una limpia. Ni siquiera acierta con los nombres de los próceres del viejo nacionalismo mexicano de los años cuarenta. Pero el problema no es la ortografía en las cédulas; el problema de fondo es otro.
El gobierno se arroga el derecho de “decorar” el paisaje de la ciudad con gustos y criterios de dudosa calidad artística, por decir lo menos. El paisaje capitalino es patrimonio de todos, bajo resguardo de la autoridad. Hasta ahí. Su intervención exige el consentimiento de la comunidad, a través de sus especialistas y órganos de gobierno, porque atañe directamente a la identidad de la ciudad.
Entiendo que consensar es engorroso. Pero de eso trata la política. Ignoro si, con la instalación de ese género de estatuas —que no esculturas—, el Paseo Bravo se embellece o se degrada. Basta comparar el estilo del Reloj del Gallito con las piezas recién colocadas.
Se repite, en todo caso, el afeamiento que en su momento infligió Eduardo Rivera con aquellos monigotes dispersos en el Centro Histórico: personajes que, al menos en mi criterio, no son dignos de figurar en el espacio público.
El Reloj del Gallito es una pieza emblemática de estilo Art Nouveau. Fue donada a la ciudad por la colonia francesa de Puebla para celebrar el centenario de la Independencia. Es de gran elegancia ornamental. Los estudiosos del arte consideran que la pieza vino a romper con la rigidez del siglo XIX. Esta tallada en piedra con detalles de metal y maquinaria de relojeria francesa, de la època. El gallito, labrado en bronce, corona la estructura (información tomada de internet).
Volviendo al Paseo Bravo, todo indica que en esas piezas no median criterios artísticos, históricos ni estéticos que las sostengan. Son hechuras a la altura del gusto del Barrio del Artista.
La ciudad, la ciudad cosmopolita, me parece, dista mucho de enorgullecerse en esos gustos.