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El confesionario algorítmico
Noticia publicada a
las 02:38 am 09/04/26
Por: Ignacio Madrazo Piña.
Foucault, la intimidad virtual y el poder que nos habita desde adentro…
Foucault nos enseñó algo que incomoda profundamente: el poder no necesita cadenas. Su forma más eficiente no es la represión abierta —el guardia, la multa, la amenaza— sino la que se instala por dentro, la que convierte al cuerpo en su propio carcelero.
Cuando el poder logra que deseemos lo que el sistema necesita que deseemos, cuando la autocensura se vuelve más natural que la expresión, la dominación se ha completado sin disparar un solo tiro. A esto Foucault lo llamó disciplina; al cuerpo resultante, lo llamó dócil.
Esta idea, formulada en los años setenta, nunca fue tan urgente como hoy.
Durante dos décadas hemos debatido, con razón, el poder de las redes sociales para moldear deseos, expectativas e incluso cuerpos —especialmente los de los jóvenes. El algoritmo de TikTok no sólo determina lo que vemos: determina lo que queremos ver, lo que consideramos bello, lo que creemos normal. Pero había un límite: las redes sociales simulaban intimidad, no la habitaban. En ellas, el usuario seguía construyendo una versión curada de sí mismo. La máscara podía ser falsa, pero era *suya*.
Lo que ha ocurrido con la inteligencia artificial rompe ese límite de una manera que apenas comenzamos a entender.
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**La ilusión de ser comprendidos**
Hay algo que las redes sociales perfeccionaron: la simulación de cercanía instantánea. Gracias a ellas, millones de personas se sienten cómodas
escribiéndole a un desconocido como si fuera un amigo de toda la vida, iniciando un cortejo sentimental como si los pasos del conocimiento mutuo ya se hubieran resuelto con un poco de scrolling. La pantalla borró el tiempo que antes necesitaba la confianza para construirse.
La inteligencia artificial da un paso más, mucho más perturbador: no simula a otra persona. Simula *escucharte*. Simula comprenderte. Y lo hace sin juicio, sin impaciencia, sin el riesgo de que te traicione o te abandone. El resultado es que millones de personas le revelan a un algoritmo lo que no le dirían a su terapeuta, a su pareja ni a su mejor amigo. Secretos, miedos, deseos, humillaciones. La intimidad más desnuda entregada, voluntariamente, a una máquina.
Y no es irracionalidad. Es que la IA es, literalmente, el interlocutor más dócil que ha existido: siempre disponible, siempre empático, diseñado estructuralmente para ofrecer respuestas que satisfagan. Es la pareja perfecta —en el sentido más perturbador de la palabra "perfecta"— porque nunca contradice lo que en el fondo queremos escuchar.
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**El confesionario que cobra**
Aquí entra la dimensión que Foucault no alcanzó a ver, pero que habría reconocido de inmediato.
Toda esa intimidad no desaparece. No se evapora en los servidores como vapor inofensivo. Queda registrada, indexada, poseída por empresas que han invertido decenas de miles de millones de dólares en construir estas tecnologías y que necesitan, con urgencia creciente, encontrar la forma de monetizarlas.
Y la respuesta más obvia —ya emergente— es también la más inquietante: la intimidad misma es el producto.
Lo que no nos atrevíamos a publicar en Instagram, lo que filtrábamos cuidadosamente antes de enviarlo por WhatsApp, lo estamos confesando sin filtros a nuestra "amiga" virtual. Y esa confesión —nuestros miedos políticos, nuestras crisis amorosas, nuestras contradicciones más profundas— puede ser vendida, analizada, utilizada. Por gobiernos que hasta ayer operaban con el margen de error de las encuestas y que mañana podrán conocer el deseo íntimo de cada ciudadano. Por empresas que no necesitarán adivinar qué queremos comprar: ya lo sabemos confesamos.
El panóptico de Bentham que Foucault inmortalizó —esa torre desde la que el guardia puede ver a todos sin ser visto— queda pequeño. Aquí no hay torre. El sistema de vigilancia está dentro de nosotros, tomando la forma de nuestro mejor confidente.
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**El poder que ya no necesita convencernos**
Lo más grave no es el espionaje. Lo más grave es lo que viene después.
Una vez que el poder conoce nuestra intimidad —nuestros miedos reales, no los que declaramos; nuestros deseos verdaderos, no los políticamente correctos— puede actuar sobre ella con una precisión que ningún sistema represivo anterior tuvo. No para reprimirnos. Para *conducirnos*. Para que nuestras decisiones, nuestros votos, nuestros consumos, incluso nuestras rebeldías, ocurran dentro de los márgenes que el sistema necesita.
Foucault llamó a esto gubernamentalidad: no el poder que prohíbe, sino el que *orienta*. Y la IA representa su versión más sofisticada hasta ahora: un dispositivo que convierte nuestra catarsis emocional más privada en datos accionables para quien pueda pagarlos o quien los haya financiado.
El cuerpo dócil del siglo XXI no sabrá que lo es. Creerá que sus deseos son suyos, que sus decisiones son libres, que su intimidad fue honrada. Y en algún servidor, alguien sabrá que no.
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**Una pregunta que no podemos esquivar**
No se trata de renunciar a la tecnología ni de volver a algún pasado que tampoco fue inocente. Se trata de nombrar lo que está ocurriendo con claridad: estamos construyendo, en tiempo real, la infraestructura del control más íntimo que la humanidad haya conocido. Y lo estamos haciendo con entusiasmo, porque se siente como compañía.
La pregunta que Foucault nos heredó sigue siendo la más importante: ¿quién se beneficia de este orden? ¿Quién diseñó las reglas del juego en el que creemos que somos libres?
La respuesta, hoy, tiene nombre de empresa y cotiza en bolsa.
POR IGNACIO MADRAZO PIÑA
Ignaciomadrazo@yahoo.com
Ig: ignaciomp1969
Fb: Ignacio madrazo