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Obscena concentración de la riqueza
Noticia publicada a
las 02:49 am 05/04/26
Por: Redacción.
La organización Oxfam publicó un informe según el cual la riqueza no gravada y oculta en paraísos fiscales (offshore) en manos del 0.1 por ciento más rico del planeta asciende a 3.55 millones de millones de dólares, un monto que supera el total de los recursos que posee la mitad más pobre de la población mundial, equivalente a 4 mil 100 millones de personas.
El total estimado de riqueza offshore no gravada, dice Oxfam, equivale a más del doble del PIB combinado de los 44 países de menores ingresos del mundo, que asciende a 1.53 billones de dólares.
Además, esta hiperconcentración de la riqueza se ha acelerado de modo alarmante: en enero pasado, el mismo organismo dio a conocer que en 2025 la riqueza de los grandes millonarios del mundo creció tres veces más rápido que en los últimos cinco años, a un ritmo tan vertiginoso que, en el caso de América Latina, un trabajador necesitaría 102 años para ganar lo que un milmillonario (quien acapara más de mil millones de dólares) obtiene en un solo día. Con lo que creció la fortuna de las 12 personas más acaudaladas del mundo, se podrían distribuir 250 dólares a todas las personas del planeta y aun así, ellos tendrían 500 mil millones de dólares extras. Para el ciudadano común, estas cifras son difíciles de concebir, pero para darse una idea del nivel de riqueza del que se está hablando, esos 500 mil millones de dólares son un monto semejante al presupuesto anual del gobierno mexicano.
Los datos referidos dicen mucho sobre el modelo económico neoliberal y sobre las mentiras usadas para imponerlo y justificarlo. En primera instancia, muestra que, sin importar cuánto se reduzcan los impuestos a los más ricos, éstos harán todo lo que esté en sus manos para evadirlos. Asimismo, exhibe la falsedad de la “teoría del goteo”, según la cual reducir impuestos a los más ricos se traduciría en crecimiento económico y bienestar generalizado porque los millonarios usarían los recursos extra para realizar nuevas inversiones, crear empleos y, en suma “desbordar” sus fortunas hacia “abajo” de la pirámide social. Tras medio siglo en que economistas, políticos, académicos y medios de comunicación han adoptado este dogma y lo han presentado como sentido común, está claro que el festín fiscal no es un mecanismo de goteo hacia abajo, sino una gigantesca bomba que dirige todo el capital hacia la cima. En un mundo en el que no existe ninguna sanción por concentrar riqueza ociosa, los millonarios no “crean” empleo; se entregan a una competencia de ostentación cuyas víctimas son el 99 por ciento de los humanos y el planeta Tierra: en la actualidad, los ricos pagan hasta 55 millones de dólares por un reloj de pulsera (el Graff Diamonds Hallucination); 30 millones por un automóvil (el Rolls-Royce La Rose Noire); 450 millones por tener para su disfrute personal una obra patrimonio de la humanidad como el Salvator Mundi de Da Vinci; 4 mil 800 millones de dólares por un yate (el History Supreme, revestido con 100 mil kilogramos de oro macizo); o 230 mil dólares por una sola noche en una habitación de hotel submarina en el Caribe.
Tales extremos de consumo ostensible no serían posibles si los impuestos a los más ricos no se hubiesen desplomado desde 91 por ciento en la década de 1960, hasta 37 por ciento en 2019 en Estados Unidos. En otros países la caída fue menos pronunciada, pero, al partir de un techo más bajo, hoy se ubica en tasas menores. Con ese régimen fiscal, Estados Unidos tenía las empresas más grandes del mundo y a los ricos no les faltaban excentricidades: dicho gravamen sólo se aplicaba a quienes tenían ingresos superiores a 400 mil dólares, o 4 millones 271 mil dólares actuales ajustados por inflación. El 9 por ciento que le quedaba a alguien que ganara exactamente los 400 mil dólares equivalía a alrededor de 384 mil dólares o 6 millones 878 mil pesos mexicanos de hoy. En esa época, los estadunidenses vivían en una sociedad en la que todos los profesionistas tenían garantizado el acceso a la clase media y en la que casi cualquier trabajador podía financiar una vivienda, un auto, la educación de sus hijos, el esparcimiento familiar y otros elementos del “estilo de vida americano”. Desde la década de 1970, pagan cada vez menos impuestos y tienen una educación, un sistema de salud, infraestructura o alimentación cada vez peores y costosas. Como la estadunidense, todas las sociedades necesitan preguntarse si vale la pena sacrificar el bienestar de 99 de cada 100 personas para que una de ellas pague impuestos mínimos, o ninguno en absoluto si mueve su fortuna a paraísos fiscales.