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Viático
Noticia publicada a
las 03:17 am 04/04/26
Por: Magno Garcimarrero.
El 3 de junio del año 2011, murió el “Doctor Muerte” Jack Kevorkian, defensor del suicidio asistido. Había nacido en 1928 en Michigan, Estados Unidos, distinguiéndose desde muy temprana edad por su inteligencia, la que le permitió graduarse con honores en la carrera de médico patólogo. Con el lema: “Morir no es un crimen” desarrolló el criterio de la muerte asistida
y lo aplicó en ciento treinta pacientes en estado terminal. En la década de 1980 Kevorkian escribió una serie de artículos justificando la eutanasia, rematando su serial en los diarios de Detroit, con un anuncio respecto a sus servicios dando orientación para la muerte, esto le valió que en 1991 el Estado de Michigan, le cancelara la licencia para ejercer su profesión de médico. Entre 1990 y 1998 Kevorkian asistió la muerte de cerca de 100 enfermos terminales; para ello, creó un aparato al que denominó “Thanatron” (máquina de muerte) que permitía que los pacientes se auto-administraran químicos letales para terminar con su vida.
El 23 de noviembre de 1998, en el programa televisivo “60 minutos”, se transmitió una videocinta grabada el 17 de septiembre de 1998. En dicha grabación, Thomas Youk de 52 años de edad, un paciente enfermo en estado terminal, ponía fin a su vida, asistido por Kevorkian, quien le administró una inyección letal; esto ocasionó que fuera detenido y enjuiciado por homicidio en primer grado. Kevorkian llevó su propia defensa, pero, era tan buen médico como mal abogado, así que finalmente, fue encontrado culpable de homicidio en segundo grado y sentenciado a 25 años de prisión de los cuales sólo cumplió 8, de 1999 a 2007, saliendo bajo libertad condicional por buena conducta.
Este famoso médico de origen armenio, sostuvo la tesis de que todos tenemos derecho a morir dignamente y que, el Estado debiera elevarlo a garantía constitucional, reconociendo en cada ciudadano la voluntad de decidir el momento y la forma de morir sin necesidad de esperar el desenlace natural que por lo general es sufriente, doloroso y absurdamente indigno.
Kevorkian inventó las palabras: OBITIATRÍA, el tratamiento de la muerte, y PATÓLISIS, eliminación del sufrimiento que produce la enfermedad. Su idea era pues, evitar la parte penosa de la agonía de los seres humanos, aunque, quizás se excedía al afirmar que el estado terminal comenzaba en el momento de nacer, como se lo dio a entender a un reportero que le preguntó ¿cuál había sido el peor momento de su vida? Y él le respondió que el de su nacimiento. Pero esa idea de que comenzamos a sufrir desde el momento de ser dados a luz, no es de él, muchos la han dicho y sostenido; el escritor español José Luis Sampedro la ha sostenido en una entrevista, al recibir el premio de las artes, y también ha dicho algo que parece justificar la bondad de la defunción: “La muerte es necesaria para la continuidad de la vida” y explica al entrevistador: “¡Imagínese usted que nadie hubiera muerto y todos estuviéramos vivos desde el principio de los tiempos!”.
Me parece que la obitiatría de Kevorkian, ha venido a quitarles a los sacerdotes el monopolio de dar el viático, solemnizar y cobrar la extrema unción, en nombre y representación de aquél que, dogmáticamente nos ha dado la vida y se reserva el derecho de quitárnosla cuándo, cómo y dónde se le pegue su gana.
Vistas así las cosas, yo estoy de acuerdo con que la muerte debe verse como algo necesario, no como una decisión divina y ajena a nuestra voluntad, sino como un acto vital, decidido e incluso optimista, con el que se complementa el proceso que comienza con el nacimiento. Los viejos debiéramos tener el reconocimiento de ese derecho por parte de las leyes que debieran despenalizar la ayuda al suicidio cuando este se toma como un acto volitivo de dignidad, para no enfrentarse a la inútil decrepitud que no beneficia a nadie y en cambio amarga los últimos días de los seres humanos y la de los resignados parientes que a regañadientes esperan con impaciencia la hora en que el viejo achacoso deje de respirar para dar fin a una agonía degradante e inmisericorde.
Traigo a cuenta este asunto, por la reciente muerte asistida reclamada y concedida en Cataluña, España, por Noelia Castillo Ramos, parapléjica sufriente joven de 25 años de edad, cuya vida fue cruel e insoportable.
¿Y nosotros los mexicanos? vivitos y coleando, no nos paramos a meditar que no estamos safos; que más de uno de los que leen ahora este texto, algún día sentiremos la necesidad de decidir la retirada dignamente.