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Es probable que descifrar el fondo del universo sea una curiosidad de unos pocos, pero saber qué consecuencias tendrán las decisiones que uno toma es algo que a todo el mundo le interesa. No saber anticipadamente el resultado de un acto nos llena de dudas y, a veces, incluso, nos paraliza: ¿cómo tomar un camino u otro si no sabemos a dónde nos conducirá? Uno intuye, sospecha, incluso cree que haciendo el bien el resultado será positivo o, que producir un daño se nos revertirá en un mal. Pero no podemos saberlo con precisión, pues, en ocasiones, el actuar bien no trae como consecuencia un resultado benéfico y, tampoco es seguro que obrando mal resulte necesariamente en algo malo. El futuro es incertidumbre. Estamos privados de la certeza que nos ayudaría a elegir sin vacilación.
Son innumerables los casos en que no saber el futuro hace que nos detengamos a pensar: ¿estudio una carrera u otra?, ¿me voy a vivir con esta persona o mejor no?, ¿me cambio del trabajo en el que estoy o me mantengo en él? Son decisiones importantes que nos hacen sopesar, medir, calcular; pero, cuando finalmente elegimos, por más vueltas que le hayamos dado, no sabemos a ciencia cierta el resultado; a lo más suponemos y deseamos no habernos equivocado. Ya que, por mucha previsión, por mucha prospectiva que hagamos, nunca se sabe exactamente qué ocurrirá, pues el futuro sólo se manifiesta hasta que llega.
La incongruencia entre lo previsto y qué termina realmente ocurriendo hace que el deseo de saber el futuro aparezca a todo lo largo de la historia humana y la prueba es ese dilatado catálogo de métodos para anticipar, algunos esotéricos como la quiromancia o el tarot, y otros científicos, pues en alguna medida conocer la naturaleza entraña poder hacer predicciones exactas. Cuando se descubre una ley, una constante de la naturaleza, es posible, al menos en lo general, anticipar el futuro: determinar la fuerza con la que un proyectil saldrá disparado, afinar el ángulo del cañón, calcular la resistencia que ofrece el viento… permiten saber con un margen de error insignificante dónde caerá dicho proyectil. Y otro poderosísimo método es el cálculo probabilístico pues, aunque no pueda eslabonarse un factor con su consecuencia, algunos de ellos concurrirán y se atinará con una precisión práctica que casi no deja que desear.
Nos importa conocer las regularidades de la naturaleza porque esto hace que el mundo donde nos movemos sea menos incierto. Pero la ciencia no consigue decirnos lo que a cada uno de nosotros nos aguarda tras alguna de nuestras decisiones concretas. La más simple de todas, por ejemplo: ¿me levanto o no de la cama? Tal vez si lo hago y salgo a la calle me toparé con una desgracia, o tal vez si no salgo y me quedo en mi cama el techo de mi habitación me aplastará a media mañana.
Hay quienes se persignan cuando salen de casa y quienes lo hacen con el dinero que obtienen de la primera venta del día; muchos boxeadores prefieren hacerlo en el instante previo a lanzarse al combate; y también hay quienes le soplan a los dados antes de lanzarlos a la mesa o se pegan amorosamente al pecho el billete de lotería que acaban de comprar. Y no olvidemos ese enroscamiento del dedo cordial y el índice con el que se convoca la suerte. Todas estas acciones revelan una intención: encomendarse a alguna deidad protectora o una entidad menos tangible como la fortuna.
El catálogo de formas de adivinación es amplísimo; están la quiromancia, la cartomancia, la piromancia, la bibliomancia… también se usan los posos del café, las runas y hasta las estrellas. Ni los números escapan a este afán de leer el futuro con lo que se llama numerología. E incluso hay sistemas complejísimos por su laboriosidad como la carta astral. Todos ellos tienen el mismo propósito: descorrer el velo, asomarse al después, anticiparse.
No voy a discutir aquí la efectividad de estos métodos, sino lo que su abundancia y popularidad muestran de la condición humana. Y creo que la repuesta salta a la vista: el ser humano odia la incertidumbre; quisiéramos estar seguros. Este afán de seguridad se nos nota prácticamente en todo lo que hacemos: volver a nuestra casa, refaccionar la alacena, echar por las noches el cerrojo, seleccionar a nuestras amistades… Detrás de cada acto cotidiano se manifiesta el afán de estar a salvo. De ahí que nos gusten las verdades, no importa si efectivamente lo son. Una vez que cualquier explicación nos convence, nos dedicamos a defenderla, nos agarramos a ella con la misma fuerza con la que nos sujetamos a un madero en medio del mar.
Queremos estar seguros y, paradójicamente, en este deseo radica nuestra mayor debilidad, pues por esta necesidad seguimos como líder a cualquiera que aparente fortaleza, aunque pueda llevarnos al precipicio; por este deseo nos dejamos engañar por el embaucador que nos sopla al oído lo que queremos oír de nosotros, aunque lo haga solo para esquilmarnos; por este deseo le damos crédito a quien nos asegure un futuro más allá de la muerte, aunque no nos brinde prueba alguna, ni a nadie le conste. Por este afán de seguridad resultamos tan predecibles y, en consecuencia, manipulables.
Ojalá que de veras existiera la bola de cristal donde pudiera leerse el porvenir; pero infortunadamente esa bola no existe y, en consecuencia, haríamos mejor si dirigiéramos nuestra curiosidad hacia nosotros.
Contemplarnos un rato nos permitiría descubrir, al menos, un rasgo muy simple: nuestra absoluta fragilidad. Y eso no es poca cosa, pues quien se sabe frágil, evanescente, falible puede, en ocasiones, apreciar el valor vivo que tiene el presente, aunque se encuentre siempre, como nosotros, disipándose.
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Fuente: SIN EMBARGO.
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