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Trámites a realizar antes y después de la muerte
Noticia publicada a
las 01:53 am 03/03/26
Por: Sandra Rodríguez Wong.
Un amigo me dijo hace unos días: quién piense que al morirse se acaban los problemas, se equivoca.
La muerte llega sin avisar y sin permiso, dejando a quienes se quedan ahogados en una montaña de trámites que el dolor y el sentimiento, en ocasiones, obligan a aplazar, decisiones que luego se olvidan o se nublan en la confusión.
La lista silenciosa de documentos que debemos ordenar antes de partir, es un acto de mínima responsabilidad y de respeto para con nuestra familia. Herencia, cuentas, deseos, son sólo una parte de aquello en lo que no nos gusta pensar, pero que es mejor decidir hoy como un acto de amor.
El primer documento y el más íntimo es el testamento. Ese inventario de bienes que se reparte como el pan en la mesa de la familia. Es un documento legal que se puede hacer hoy de forma muy simple. Basta acudir con una notaría o notario, llevar la lista de nuestros bienes y posesiones, explicando la causa por la que deseamos favorecer a cada hijo o familiar, explicar algunas circunstancias especiales como las relacionadas con los padres, con los alimentos o situaciones que sólo nosotros conocemos. Y él o ella, en forma prudente y reservada, mágicamente se convertirá a nuestra partida, en puente entre el deseo y la realidad de lo que se ha dejado por escrito.
Luego, está la voluntad de la propia salud y la fragmentación de lo que queda por decir: la declaración de voluntades anticipadas. Es la conversación que nadie quiere entablar en voz alta y, sin embargo, debería hacerse con la misma claridad con la que se negocian las cosas más simples. ¿Qué tratamientos queremos si la vida ya no puede sostenerse en su propio aliento? ¿Qué decimos de la esperanza cuando la esperanza ya no encuentra forma de expresarse? Este documento es un pacto entre uno mismo con el propio cuerpo, traducido en palabras para ser leídas por otros cuando ya nadie, a la vista, puede entenderse de la misma manera.
El poder notarial es el documento que no se impone con la fuerza, sino con responsabilidad. Cuando la salud falte, alguien deberá poder firmar por uno, gestionar una cuenta, pagar una deuda, resolver un trámite. El poder notarial no es un permiso para hacer lo que se desee, sino una autorización para hacer lo necesario cuando ya no lo puede hacer uno mismo. Es, en cierta forma, la legitimidad de la confianza: quien lo firma no es dueño de nuestra vida, sólo es custodio de nuestras decisiones.
La lista no termina. No basta con la decisión de los bienes. Hay que pensar en la vida común que permanece: las identificaciones oficiales, las actas de nacimiento, las facturas de autos, los seguros de vida, las cuentas que requieren cierre, las deudas y los gastos funerarios que, a veces, se vuelven un lastre entre la memoria y el adiós.
Además, ahora, en este mundo digital, contraseñas, acceso a cuentas, custodia de fotos, mensajes y recuerdos que no quedan escritos en un libro de papel sino repartidos en el infinito, también requieren de decisiones. El protocolo moderno debe incluir, entonces, un inventario de lo digital: quién administra las cuentas, dónde están las contraseñas, qué se debe preservar y qué conviene cerrar.
Y, para que la vida no termine en un expediente de luto mal resuelto, hay un gesto esencial: la conversación. Hablar con quienes amamos, abrir las puertas del silencio para que el dolor no se vea coaccionado por la prisa de los papeles. Hablar de qué papel quiere cada uno, de cuál es la voluntad de hacer las cosas con dignidad, de quién cuida los objetos de la memoria, de qué hacer con los objetos que cuentan historias. La claridad de una conversación puede convertir una o varias crisis en un duelo casi habitable, y puede ahorrar disputas que mermarían la tranquilidad de una casa en su momento más frágil.
Si algo nos llama a la reflexión, es ver que el final no borra el inicio de una responsabilidad. Los trámites a realizar antes de morir son una forma de amor práctico, es decir: “Te dejo una ruta, no una carga”. Cuando hacemos esta introspección, nos damos cuenta de que la verdad de la existencia no se agota en la última palabra que pronunciamos, sino en el modo en que la vida se reparte con amor entre los que quedan.