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Y también, por andar revisando libros e ideas, obsesionado por encontrar el tema para alimentar semanalmente esta columna, me olvido de que soy un animal de la especie homo sapiens, un primate más de la familia de los homínidos, cuyo género próximo es homo y cuya diferencia es sapiens. Y no es que ignore las órdenes que mi cuerpo me impone como comer o dormir, respirar o digerir; pero sí, generalmente tengo una idea más sublime de mí que más que hacerme olvidar, me oblitera el hecho contundente de que soy un animal.
Sí, un animal con una serie de instintos que permitieron a mi especie afianzarse a la vida. Aunque, como ser humano, esos instintos —que no son otra cosa que el mandato de mi naturaleza natural— son modificados por mi capacidad de decir "no" y reorientar mis impulsos innatos hacia conductas sociales propiamente humanas: igual que cualquier animal me alimento respondiendo a mi instinto de supervivencia, pero lo hago con cubiertos y procurando allegarme los platillos que me gustan en los restaurantes que mis ingresos me permiten pagar; el instinto reproductivo que me hace tener deseos sexuales también es filtrado por una serie de convencionalismos morales que me impiden saltar como un chimpancé acatando el mandato de los perfumes biológicos llamados feromonas. Pues, como ser humano, el instinto reproductivo que en su forma cruda se manifiesta como deseo carnal, entra en un alambique tan sofisticado que lo vuelve romance e incluso poesía.
Somos los únicos animales que han inventado la poesía, el arte de la seducción, las dotes del buen conversador, la simpatía y hasta la moda para, finalmente, obtener la satisfacción sexual que el chimpancé logra sencillamente dando un brinco, atacando. En suma, el alambique del que hablo transforma el mero instinto reproductivo en amor o, al menos, en un deporte consensuado, si vemos lo que ocurre actualmente.
Pero, volvamos a la idea principal: la vida cotidiana, "el día a día" (como ahora suele llamársele) nos oculta el hecho de que somos animales. Aunque ciertamente unos animales extraños, pues, a diferencia del resto, sólo nosotros podemos ir contra lo natural y actuar de un modo antinatural: un ejemplo de ello es el vendado de pies que en el pasado se imponía a las niñas chinas para impedir que sus pies crecieran; otro, la deformación craneal que practicaban los antiguos mayas. También podemos negarnos a comer. Frenar lo natural en los seres humanos es posible; aunque interrumpir su curso trae consecuencias negativas que pueden llevarnos a la muerte. Una huelga de hambre por razones políticas puede parecerme respetable; el vendado de pies, en cambio, por los motivos que sean: "estéticos" o para asegurar la sujeción de las mujeres, me parece definitivamente abominable.
Ir contra la naturaleza obviamente es antinatural. Sin embargo, lo que los seres humanos somos, en sentido estricto, no es lo que la naturaleza nos dio, sino lo que nosotros hemos hecho con lo que nos dio, pues somos la única especie que hace su ser con su hacer y, por ello, en sentido literal, puede decirse que somos sobrenaturales: lo superpuesto "sobre" la naturaleza.
Sin embargo, no hemos logrado suprimir lo natural y, aunque alambicado, lo animal sigue en nosotros. Un ejemplo muy claro es la violencia, no me refiero a la violencia que hoy priva y que a mi juicio es absolutamente animal, aunque potenciada por la tecnología, ni a la violencia que animalmente se practica en los ataques a las mujeres, sus actores, en mi opinión, no han alcanzado un nivel propiamente humano… me refiero a la violencia, a la violencia alambicada que hemos transformado humanamente: a la "violencia ritualizada", como la llaman los antropólogos: a la violencia reglamentada que aparece en los deportes de competencia o en el humor.
Demos un breve rodeo que permitirá entender más claramente esta idea: la violencia la ejercen los animales en dos direcciones: contra otras especies y contra los de su misma especie. En un caso, es la violencia para alimentarse, en el otro para establecer un orden en el grupo, esas dos formas de violencia son rasgos evolutivos: así se han afianzado las especies que lograron perdurar. De estas dos, me interesa la violencia intraespecie, la que se dirige hacia los integrantes de la misma especie: revisémosla primero sin ponernos las gafas morales, simplemente como "acciones de supervivencia": el más fuerte se impone para garantizar la perpetuación de su gen y, de ese modo, hacer más posible que la especie perdure a través del más apto. También, por instinto se ejerce violencia sobre los integrantes del grupo que son distintos de la mayoría, se hostiliza o se mata al distinto también para garantizar que la especie perdure.
La violencia intraespecie también aparece en el homo sapiens; pero se ha ritualizado a través de la humanización: ya no se impone el más fuerte físicamente, sino el más fuerte políticamente (no nos detengamos a considerar la complejidad de factores que esto implica), es una violencia ritualizada: tras una serie de reglas (pueden ser o no legítimas) alguien gana y manda. Y otro tanto ocurre con la violencia hacia los distintos de un grupo: las instituciones nos someten a lo largo de la vida a un conjunto de retos y pruebas que nos califican en los hechos y, según sean los resultados, estos definen la suerte de cada individuo, obviamente los diferentes resultan excluidos.
Esta violencia ritualizada es lo que encauza un componente que no podemos arrancar de nosotros, la violencia instintiva, aquella que poseemos, pues no se nos olvide que, por más que seamos unos animales muy sofisticados, seguimos siendo animales: tenemos una naturaleza base sobre la que hemos colocado lo propiamente humano: lo sobrenatural que somos.
Hoy, una nueva moral: "lo políticamente correcto" parece olvidar esta naturaleza básica sobrerregulando algunas prácticas que han canalizado la violencia: el deporte, el humor, el circo… pero el análisis de estos pivotes tendrá que esperar a la próxima entrega. Esta ya se ha extendido demasiado...
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Fuente: Sin Embargo.
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