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Noticia publicada a
las 02:32 am 23/02/26
Por: Redacción.
En Cuba, durante años, bastaba una sola palabra para clavarle a alguien una vergüenza en la frente. Si un hombre evitaba un problema, si no daba la cara, si se escondía cuando venía la tormenta, alguien le soltaba el dardo con media sonrisa: “No seas como Tortoló”. Y el chiste corría, y el apodo se pegaba, y la historia —o lo que nos contaron que era la historia—
quedaba sellada como una sentencia. Tortoló: sinónimo de cobardía. Tortoló: el que salió corriendo.
Pero imagina por un segundo que todo eso está al revés. Imagina que el nombre que se usó para humillar a generaciones enteras no pertenecía a un cobarde, sino a un hombre que, en medio de una orden imposible, se negó a convertir a cientos de cubanos en carne de propaganda. Imagina que “Tortoló” no fue el que huyó por miedo, sino el que se quedó con la carga más pesada: salvar vidas… y pagar con su propio honor. Porque hay decisiones que te salvan el alma y al mismo tiempo te condenan el nombre. Y esa es la tragedia.
Todo empieza lejos de La Habana, en una isla pequeña que en los primeros años ochenta parecía un faro nuevo en el Caribe: Granada. Desde 1979, el Movimiento Nueva Joya gobernaba con un primer ministro carismático y querido, Maurice Bishop. No era el típico dictador de manual; tenía un apoyo popular real, de esos que se sienten en la calle. Para La Habana, Bishop era más que un aliado: era un símbolo perfecto. Una revolución “hermana”, joven, exitosa, con sonrisas y aplausos, en un mar donde Estados Unidos siempre había querido mandar.
Cuba apostó fuerte. Mandó colaboradores por cientos. Y no solo militares: la mayoría eran civiles. Médicos, maestros, ingenieros, obreros. Gente que había salido de su isla con una idea en la cabeza: “internacionalismo”, “solidaridad”, “construir”. Y el gran proyecto era un aeropuerto: Point Salines. Una pista larga, moderna, capaz de recibir aviones grandes, de traer turistas, de levantar una economía que vivía del sol y del mar.
Pero era la Guerra Fría, y en Washington no estaban mirando folletos turísticos. Ronald Reagan y su gente miraban el mapa con paranoia estratégica. Para ellos, una pista de casi 9.000 pies construida por manos cubanas era una daga. No importaba que, técnicamente, esa longitud fuera normal para un aeropuerto internacional. Importaba el símbolo: Cuba construyendo infraestructura en el Caribe. La pista se convirtió en pretexto físico, en una “prueba” perfecta para vender un miedo. Y cuando el miedo se vende bien, lo siguiente siempre es la fuerza.
Aun así, un pretexto no basta. Para invadir necesitas una excusa moral. Necesitas que el mundo —o por lo menos tu opinión pública— no sienta que estás entrando a cuchillo en una isla pequeña por capricho. Y esa excusa, lo más trágico, no la dio Cuba ni la Unión Soviética. Se la dieron los propios granadinos con una implosión política, un acto de canibalismo revolucionario.
Dentro del Movimiento Nueva Joya había una fractura podrida. Una facción ultra dura, obsesionada con la “pureza”, encabezada por Bernard Coard, veía a Bishop como demasiado popular, demasiado humano, demasiado moderado. Y entonces hicieron lo que hacen los fanáticos cuando confunden ideas con poder: conspiraron. El 13 de octubre de 1983 lo depusieron y lo pusieron bajo arresto domiciliario. Fue impopular. Fue torpe. Fue una chispa en una isla pequeña.
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