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Comedero
Noticia publicada a
las 02:48 am 15/02/26
Por: Jaime Flores Martínez.
“Si los cerdos pudieran votar seguramente elegirían a quien les da de comer, sin importar a cuántos de ellos hubiese sacrificado”. Esta frase, falsamente atribuida al filósofo Nicolás Maquiavelo pudiera dibujar lo que actualmente vive México.
Y aunque Maquiavelo no es el autor de esa máxima, en realidad describe con precisión una de las tentaciones más viejas del poder: convertir la política en un comedero.
Maquiavelo fue más fino y más honesto. Advirtió que los pueblos suelen juzgar por lo que ven, no por lo que entienden; por el beneficio inmediato, no por las consecuencias.
Este personaje nunca habló de cerdos, sino siempre se refirió a los seres humanos y esa diferencia importa porque hoy el problema no es el insulto, más bien es el método.
Desde hace muchos años en México el voto dejó de discutirse en términos de proyecto, productividad o futuro. Se administra como ración.
Los programas sociales han sido elevados a dogma, es decir, son beneficio incuestionable, transferencias económicas y —sin duda— esas ayudas fueron transformadas en credencial moral.
El mensaje es claro y repetido hasta el cansancio: quien reparte, manda; quien cuestiona, traiciona.
Mientras el gobierno presume que más de 30 millones de personas reciben algún apoyo federal, la realidad es que nunca en la historia moderna del país hubo una red tan amplia de transferencias directas y eso no puede considerarse perverso.
Lo perverso es (como se hace en la actualidad) usar la necesidad como palanca política, blindar esos programas contra toda evaluación y sugerir —a veces de forma abierta, a veces apenas velada— que, sin el actual partido en el poder, el alimento desaparece.
¡A eso puede llamársele chantaje!
Nadie podrá negar que se cultiva dependencia, pues no se construyen derechos y —habrá que subrayarlo— se reparten favores.
No se fortalece al votante, aunque “se le acostumbra al plato”.
Y mientras el gobierno reparte unos granos (cierto que necesarios para algunos), los servicios públicos se desmoronan: hospitales sin medicinas, escuelas sin mantenimiento y la seguridad ausente.
El Estado deja de cumplir su función básica, pero mantiene intacto el flujo del dinero en efectivo, aunque endeude a la nación.
Pan hoy, incertidumbre mañana. El manual no es nuevo, solo cambió el color del uniforme.
El populismo moderno no compra conciencias, sino alquila silencios.
No exige lealtad explícita pues basta con la gratitud forzada que sin duda se refleja en las urnas.
El ciudadano deja de preguntar por resultados porque teme perder el beneficio. El debate se vuelve ingratitud y la crítica se convierte en traición.
Maquiavelo jamás habría recomendado esto como virtud, sino como riesgo. Sabía que un pueblo sostenido solo por dádivas no es fuerte, es frágil. Que un gobernante que confunde apoyo social con apoyo político termina prisionero de su propio reparto.
La democracia no se degrada cuando el pobre recibe ayuda.
Se degrada si al ciudadano se le niega la posibilidad de elegir sin miedo.
El problema no es el comedero, sino que el verdadero problema es un poder que prefiere animales dóciles antes que ciudadanos libres.
La frase enclavada en el inicio de este texto “no es de él”, aunque seguramente Nicolás Maquiavelo la hubiera concebido si viviera en esta época.