|
repetidos indistintamente por gobiernos de distintos signos: la no intervención, el respeto a la soberanía, la defensa del multilateralismo y el apego al derecho internacional.
No es casualidad. En la vida política de México, una de las pocas continuidades de largo plazo ha sido la política exterior, impuesta más por la necesidad que por la ideología. Nuestro vecino es la mayor potencia del planeta; tenemos un Ejército profesional, pero no somos una potencia militar; hemos padecido intervenciones extranjeras traumáticas; y nuestra vocación, en suma, ha sido pacífica y comercial.
En ese contexto, a México le convino - y durante décadas le funcionó - un mundo regido por instituciones y reglas que ofrecieran ciertas garantías frente al abuso de las potencias. Ese modelo, conocido como el “orden internacional basado en reglas”, surgió tras la Segunda Guerra Mundial: la ONU, la OMC, el FMI, la OEA, así como el derecho y los tribunales internacionales. En ese entorno, México vivió un desarrollo económico y material sin precedentes, además de una paz inédita frente a amenazas externas.
De ahí la construcción de un Servicio Exterior profesional y de una diplomacia profundamente legalista: entendimos que éramos vulnerables ante la fuerza, pero que podíamos influir desde la diplomacia. Por eso, gobiernos del PRI, del PAN y de Morena han sido históricamente “principistas”, reacios al intervencionismo e insistentes en el diálogo frente a Cuba, Iraq, Gaza o cualquier otro conflicto. En ocasiones por razones ideológicas -sobre todo en años recientes con Morena-, pero en general con un objetivo racional: defender el modelo internacional en el que México, pese a su debilidad relativa, logró prosperar, incluso al costo de tolerar dictaduras.
El problema es que ese mundo se está desmoronando. En su lugar, emerge un regreso al unilateralismo, donde las grandes potencias -Estados Unidos, China y otras-, buscan dividir el planeta en esferas de influencia; donde los objetivos se persiguen mediante negociaciones asimétricas, al margen de los foros multilaterales; y donde, en última instancia, la fuerza vuelve a imponerse sobre el derecho.
La invasión rusa a Ucrania, la operación israelí-estadounidense contra el programa nuclear iraní o la captura de Maduro en Caracas -más allá del juicio que merezcan- ilustran tanto la creciente irrelevancia de organismos como la ONU o la OTAN, como el retorno a un sistema internacional sin certezas jurídicas, basado en la capacidad de imponer hechos consumados.
¿Qué puede hacer México ante esta realidad? Primero, reconocerla. Nuestra política exterior debe dejar de pensarse exclusivamente en términos de principios -cada vez más vaciados de respaldo institucional-, y pasar a una lógica de intereses claramente definidos: identificar con precisión qué está en juego, con qué aliados alinearse, en qué foros participar y cómo actuar con la frialdad que exige un entorno global más volátil y peligroso. Bajo ese criterio, el eje estratégico es evidente: apostar sin ambigüedades por América del Norte.
Esto es particularmente relevante porque, desde 2018, la política exterior mexicana se ha ideologizado. Sectores del oficialismo han promovido un discurso antiestadounidense y han coqueteado con agendas abiertamente hostiles a nuestros aliados, desde propaganda rusa hasta simpatías con Hamás. En un mundo regido por reglas, estos desplantes podían pasar como torpezas retóricas; en el nuevo orden internacional, se convierten en riesgos reales.
De ahí dos prioridades ineludibles. La primera, combatir efectivamente al crimen organizado, lo que implica reorientar a las Fuerzas Armadas hacia la función que sí les corresponde: la seguridad. La segunda, restaurar el Estado de derecho tras la reforma judicial. Ambas tareas, que el gobierno debería asumir por responsabilidad interna, adquieren ahora una dimensión internacional: su incumplimiento abre la puerta a presiones externas. Por geografía e integración económica, México difícilmente enfrentará una intervención militar abierta, pero sí sanciones comerciales, represalias arancelarias, operaciones encubiertas y otras acciones tan indeseables como evitables.
Nada de esto implica abandonar la diplomacia multilateral. Significa, más bien, entender que ya no es el principal espacio donde se dirimen los conflictos, al menos mientras no exista un giro en la política estadounidense que permita reconstruir el orden basado en reglas. En el inter, resulta indispensable leer el mundo desde intereses concretos, no desde principios que fueron pragmáticos en su momento, pero que hoy corren el riesgo de convertirse en dogmas paralizantes.
@GUILLERMOLERDO
Fuente: HERALDO DE MEXICO.
[Regresar a la página principal] |