Claudia Guerrero Martínez
"ENTRE LO
UTÓPICO Y LO VERDADERO"
Gilberto Nieto Aguilar
"LIBERTAD
Y EDUCACIÓN"
Martín Quitano Martínez
"ENTRE
COLUMNAS"
Evaristo Morales Huertas
"VERACRUZ
EN LA MIRA"
Luis Hernández Montalvo
"MAESTRO
Y ARTICULISTA"
César Musalem Jop
"DESDE
LAS GALIAS"
Ángeles Trigos
"AIDÓS
Q DíKE"
La mujer es lo más bello de la vida, cuidemos de ellas...
Chaplin un ejemplo de humildad
Noticia publicada a
las 02:25 am 09/01/26
Por: Redacción.
Hollywood, 1952.- Cuando Charlie Chaplin vio a Cantinflas por primera vez, se congeló. Sus manos comenzaron a temblar. Lágrimas corrieron por su rostro. Luego, frente a 200 personas, el hombre más grande de la comedia mundial se arrodilló. “Dios mío”, susurró. “Acabo de ver mi propia alma.” Nadie entendía estaba pasando,
por qué el legendario Chaplin estaba llorando, qué había visto en este mexicano desconocido que lo había destrozado emocionalmente, ¿tú qué habrías sentido si tu ídolo, el hombre que cambió tu vida, de repente te viera y se quebrara
completamente? Mario Moreno. El mundo lo conocería como Cantinflas. Estaba de pie en el escenario del teatro Million Dollar de Los Ángeles. Era su primera actuación en Estados Unidos. Había llegado con un traje prestado, zapatos viejos y un corazón lleno de miedo. No hablaba inglés perfectamente, no conocía al público americano y definitivamente no esperaba que Charlie Chaplin estuviera en la audiencia.
Pero ahí estaba fila 7 a 112, el hombre que había inventado la comedia física moderna, el creador de el vagabundo, el genio que había hecho reír al mundo entero durante 40 años y ahora estaba a punto de ver algo que cambiaría su vida para siempre. La presentación comenzó simple. Cantinflas salió al escenario con ese andar característico, piernas arqueadas, pasos torpes, brazos balanceándose descontroladamente.
El público americano se ríó. Era físico, visual, universal. No necesitabas español para entenderlo. Pero entonces Cantinflas comenzó a hablar y todo cambió. Su método era único. Hablaba rápido, sin pausas, mezclando palabras sin sentido, con observaciones profundas, creando un ritmo hipnótico que confundía y deleitaba simultáneamente.
Los mexicanos en la audiencia estallaron en carcajadas. Los americanos que no entendían español igual reían porque el lenguaje corporal de Cantinflas era tan expresivo que las palabras casi no importaban. Pero Chaplin no estaba riendo, estaba llorando. Espera un momento, porque lo que sucedió después nadie lo esperaba.
Después del show, Cantin Flash regresó a su camerino. Estaba sudando, agotado, nervioso. Su manager, Santiago Reachi, entró corriendo. Mario dijo su voz temblando. Charlie Chaplin quiere verte ahora. Está esperando afuera. Cantinfla sintió que su corazón se detenía. Charlie Chaplin, su héroe, el hombre cuyas películas había visto cientos de veces en los cines baratos de Tepito.
El hombre que le había enseñado que la comedia podía ser arte, que podía tener alma, que podía cambiar el mundo. ¿Qué? ¿Qué quiere? Cantinflas apenas podía hablar. No lo sé, pero Mario está llorando. La puerta se abrió y ahí estaba Charlie Chaplin. 63 años, cabello gris, ojos rojos de llorar. Se veía frágil, vulnerable, completamente diferente del gigante que Cantinflas imaginaba.
Durante un largo momento, ninguno de los dos habló. Solo se miraron comediante a comediante, alma a alma. Entonces Chaplin dio un paso adelante y sin decir palabras se arrodilló. Santiago Gaspet Cantinflas se congeló paralizado. ¿Qué estaba sucediendo? Levántese, por favor. Cantinflas finalmente encontró su voz. Señor Chaplin, por favor.
No. Chaplin habló suavemente, todavía de rodillas. Necesito que entiendas algo. Acabo de ver algo que pensé que nunca volvería a ver en mi vida. ¿Qué cosa? Pureza. Chaplin se limpió las lágrimas. Comedia pura, sin filtros, sin Hollywood, sin ego, solo verdad. Cantinflas ayudó a Chaplin a levantarse. Los dos hombres se sentaron en el pequeño camerino y Chaplin comenzó a hablar.
“¿Sabes cuántos años Ema estado en este negocio?”, preguntó Chaplin. 50 años. 50 años haciendo reír a la gente y en algún momento del camino perdí algo. No sé cuándo, no sé cómo, pero lo perdí. ¿Qué perdió? La razón por la que comencé. Chaplin miró a Cantinflas directamente a los ojos. Cuando era niño en Londres, era pobre, tan pobre que comía de la basura.